12/11/13

"Hurry down Doomsday (The bugs are taking over)", Elvis Costello (Del disco"Mighty like a rose", 1991).


Ella duerme con la remera de un gran cantante country, ya fallecido, estirada sobre la almohada de su pobre marido celoso. 

Hurry Down Doomsday (The Bugs by Elvis Costello on Grooveshark



Acabo de leer, no sin cierta indignación (sentimiento que detesto, porque no tiene otra utilidad más que delatar la soberbia de quienes, con mayor o menor frecuencia, lo padecemos), la reseña más espantosamente conservadora acerca de Mighty like a rose, mi disco favorito de Elvis Costello, seguramente escrita por un fan de esos que pretenden que los artistas que aman permanezcan por siempre impertérritos dentro de su suerte de mausoleo de Madamme Tussaud, donde el tiempo no pasa nunca para ellos, clonando disco tras disco tras disco o, no, de hecho, no lo pretenden: lo exigen, porque el dinero que gastan, ciegamente (aunque sin duda por voluntad propia y sin sufrir ningún tipo de coerción para hacerlo, a menos que hilemos demasiado fino dentro del mundo del marketing, ejercicio, el cual, me propongo ahorrarnos) en álbumes, remeras, posters, entradas y objetos coleccionables varios, parece ser, les daría el poder arbitrario de decidir la dirección artística de la obra de quienes llaman ídolos, pero cuyo albedrío desdeñan como un amo al de sus esclavos.
Si fuera por ellos, supongo, Radiohead seguiría tocando Creep, los Beatles hubieran seguido escribiendo canciones con letras insulsas conteniendo las palabras Yeah y Love en cantidades pantagruélicas y Lady Gaga... eh... perdí el hilo, disculpen. 
Pero, déjenme decirles: Mighty like a rose, a diferencia de la mayoría de los otros discos del Elvis anteojudo oriundo de aquél lado del Océano Atlántico (incluso de sus mejores y más reconocidos discos, como Armed Forces, Imperial Bedrooms y My aim is true, esos discos que perdurarán durante años y años, como boyas iluminadas, resistiéndose estoicamente a la oscuridad del olvido, que para entonces ya habrá terminado hace rato de digerir a la banda que sea que esté de moda mientras ustedes, queridos y fieles lectores de ayer y hoy y, por qué no, mañana, leen estas líneas, a la cual todos los medios seguramente coronan como la banda más innovadora de la historia de la música desde que Mozart inventó el hip-hop)... este disco tiene una dinámica maravillosa, que oscila entre el barroco beachboyesco y el lo-fi noventoso, pero sin dejar de ser un disco de canciones, y todo esto sucede en el plano de lo impredecible, surcado de una infinidad de tonos sutiles que lo hacen inabarcable y que piden siempre una nueva escucha, cosa que me fascina desde siempre acerca del arte: esa virtud, digo, que tienen los buenos artistas, de moverse lateralmente en un mundo que solamente pareciera tener adelante y atrás.
Y otra cosa que quiero destacar acerca de Mighty like a rose es la calidad de sus letras. 
Mucho se habla acerca de que Bob Dylan debiera ser nominado a un premio Nobel de literatura y, en fin, más allá de la futilidad de toda premiación y de que, de suceder, dicha nominación sería perfectamente justa, lo cierto es que Dylan no está solo en la categoría de cantautores cuyo nivel literario le puede bancar la parada a cualquiera de los más grandes escritores de la historia, y Elvis Costello es uno de los mejores ejemplos de ello. Sus letras pueden variar desde la metáfora más etérea al campo pragmático de la narración sin perder naturalidad, ni dejar de ser orgánicas y creíbles y perfectamente representativas de un artista que, en mi opinión y, aunque en su carrera reciente se haya permitido algunos vicios que diluyen un poco el poder de su talento (pero allá él y enhorabuena, si eso lo hace feliz), reúne casi todo lo mejor de la idiosincrasia del rock en una discografía extensa, variopinta y esencial.

5/11/13

"Bangers and mash", Radiohead (Del disco 2 de "In Rainbows", 2007).




Me mordés, me mordés, me mordés y yo quiero más.

Bangers + Mash by Radiohead on Grooveshark



En el día del cumpleaños de Jonny Greenwood (gran valor de la música vernácula, pero vernácula de otro lado que no es acá; Sir Reverbalot de la Mesa Dodecagonal de la música que se baila en las boites más paquetas de Myanmar y Claypole; hermano de Colin, que no es poca cosa; mezcla rara de Johnny (casi homónimo) Marr, Thurston Moore, los dientitos de Freddie Mercury y penúltimo polizón en viaje a Miles Davis) voy a comenzar este artículo admitiendo, porque sería deshonesto de mi parte no hacerlo (Baal no lo permita), que siento una debilidad particular en beneficio de Radiohead y que a todas luces carezco de la capacidad de elaborar un análisis, digamos imparcial, con respecto a su obra. 
En mí, la música de estos cinco tipitos de Oxford obra un efecto similar, supongo, al que produciría la campanita de Pavlov en aquél tristemente célebre cuadrúpedo (ustedes no lo ven, y alabado sea el Presunto Todopoderoso por ello, pero gruesos hilos de saliva cuelgan de mis comisuras, mientras escribo estas líneas). 
Me da pena confesarlo, como dice el tango, pero es así: el fútbol y ciertas bandas de rock son la línea más corta posible entre mi vida y algo parecido a la Fé. 
Así es la cosa y ya saben, Segurola y La Habana, si tienen algo que objetar. 
Más allá de mi admitido favoritismo, sin embargo, sí creo que Radiohead es la gran banda de mi Generación X (más que Nirvana, incluso, si se me perdona la suerte de blasfemia porque, mirá vos, hay vida después de Nevermind, I shit you not) y que In Rainbows es su mejor disco (dentro de un catálogo apabullante, que incluye a casi media docena de algunos de los mejores discos de la historia de la música) hasta el día de hoy.
Recuerdo la anticipación general previa al lanzamiento (gratuito, o casi, o treta comercial, o no, o qué más da, si la intención es lo que vale y blah, blah, blah) de In Rainbows y recuerdo mi propia ansiedad, las mariposas en la panza, que uno diría que a cierta edad van cediendo espacio a sentimientos más razonables, pero no, chamigo, vea usted que no, ni un poco. 
Recuerdo, sobre todo, la alquimia maravillosa de escuchar el disco por primera vez, en el que constituye, por lo general, el acto más frustrante o satisfactorio en la vida de una persona que ama la música, les diría, y en el núcleo de cuya dualidad se cuece un poder transformador, redentor o condenatorio o ambas cosas al mismo tiempo, algunas veces. 
Ustedes díganme si no hay algo, en el acto de recibir esos primeros sonidos de un disco, de cualquier disco (que no es otra cosa que un desafío a la inercia o un acto de sedición en contra de la nada), de aquella escena en el cuadro de Miguel Ángel en la que el dedo de Dios se junta con los nuestros, excepto que dedo y dedo, en este caso, serían más bien nuestros oídos y su voz.
Esa primera escucha, que fue gloriosa, también fue, no obstante, solamente un preludio a la segunda mitad del disco (la mitad paga, digamos, porque tampoco era cuestión de ganar solamente mucho dinero, pudiendo ganar muchísimo dinero). Esa segunda parte de In Rainbows, cuya calidad está tranquilamente a la par de su mitad precedente, es la que trae Bangers and mash, desde la primera vez que lo escuché y tal vez para siempre, mi canción favorita de Radiohead, que me recuerda, un poco por su vitalidad y otro poco por su casi-clandestinidad de casi-lado B, a Paperback Writer, de los Beatles.
In Rainbows logra algo raro. Une, sin costuras visibles, la energía arrolladora de una banda en su pico creativo con los primeros, inequívocos indicios de que han alcanzado una madurez musical impar, como compositores y como ejecutantes de su propia música. No solamente la voz de Thom Yorke, en este disco, se vuelve más cristalina sin, por ello, perder la urgencia poética que la caracteriza, sino que, además, las aptitudes de Jonny Greenwood como guitarrista y arreglador alcanzan, para mí, su cima más alta. Y el resto de la banda, también, se vuelve un organismo perfectamente simbiótico y compacto a las órdenes del productor Nigel Godrich, quien, notablemente inspirado y con el sigilo letal de un ninja de los botones y las perillas, logra dotar a In Rainbows de una cohesion casi imposible, que no recuerdo haber escuchado en ningún otro disco, de ninguna otra banda, hasta el día de hoy.