30/10/13

"I had too much to dream (last night)", The Electric Prunes (Del disco homónimo - 1967).


Y, cuando alzaste tu boca para que la besara, llegó el amanecer y ya te habías ido.

I Had Too Much To Dream (Las.. by The Electric Prunes on Grooveshark


Me acordé de un sketch de Cha Cha Cha en el que Luis Pedro Tony hacía un infomercial maravilloso y luego daba pie al locutor (Alfredo Casero, disculpen si su sola mención hiere alguna susceptibilidad política hiperdesarrollada) quien nos informaba que, si por el lechón fuera, se autocomería con chimichurri Worcestershire. 
Si por mí fuera, entonces, y si me permiten trazar una analogía con el estoico porcino que a tanta gente alimenta para las Navidades, pondría en todas las canciones, en absolutamente todas las canciones del mundo, guitarras pasadas al revés e instrumentos efecteados con trémolo. 
Por suerte, no necesito poner esas dos cosas en todas las canciones, porque los Electric Prunes ya lo hicieron por mí en todo su (espléndido) disco, I had too much to dream (Last night), como para aplacar sobradamente mi apetito.
En mi humilde opinión (humilde, ja, sí, no sé a quién quiero engañar), éste álbum se destaca entre la superpoblada escena de música psicodélica de los 60's, tal vez a mitad de camino entre la psicodelia chabón (dentro de muchos años, cuando muera en la más absoluta miseria y sólo me recuerden un puñado de mis acreedores, es probable que los suplementos Afirmativo y Negativo, o como quiera que se llamen en la Nuevalengua del futuro distópico que nos toque en suerte, no me dediquen ninguna necrológica, pero alguno de ustedes recordará que, si de algo me enorgullezco, es de haber acuñado el término "psicodelia chabón", hoy, en este mismo artículo) de los Doors y la sofisticación musical de la Soft Machine de Kevin Ayers o del primer Pink Floyd y, en otro plano, lejos, lejos, donde cagan los conejos, pero lejos, les decía, de la psicodelia brutal de garage o, por qué no, proto-punkodelia de bandas como los 13th Floor Elevators de Roky Erikson. 
Siguiendo el consejo de la mamá de Marge Bouvier de Simpson, no voy a establecer un punto de comparación con otras bandas Californianas más conocidas, como Jefferson Airplane o Grateful Dead, ya que no tengo nada bueno que decir de ellas, en general, más allá de que puedan tener alguna buena canción, pero sí me gustaría hacer mención a otras bandas psicodélicas provenientes del Nuevo Continente, como Moby Grape, Red Krayola y Silver Apples, por mencionar solamente a tres, además de los ya mentados (siempre injustamente infravalorados y sobrevalorados) Doors, las cuales me tomo la libertad de recomendarles, queridos lectores y lectoras y lectoros y lectorus, aunque, personalmente, no me gusten tanto como los Electric Prunes.
I had too much to dream (Last night) es, como su título lo dice, un paseo onírico que no requiere, necesariamente, el consumo de drogas psicotrópicas ni de ninguna otra suerte de aditivo mental para elevarnos a ese cielo de creatividad ilimitada en forma de diamantes, donde Lucy se cruza con el Superman Soleado de Donovan mientras, allí abajo, Timothy Leary surca rutas caleidoscópicas montado en su famosa bici y con destino, ni más, ni menos que a los confines infinitos de la percepción. 

25/10/13

"Son of Sam", Elliott Smith (Del disco: "Figure 8" - 2000).


Hijo de Sam, hijo de la senda luminosa, la mente confundida.



A veces, como en este caso, me da la impresión de que algunas canciones suceden, no solamente en los oídos, ni en un punto fijo de materia gris entre ellos, sino que yendo y viniendo dentro de nuestras cabezas, en toda la extensión de la mente, como luciérnagas intermitentes desperdigadas al azar en un cuarto oscuro.
Será que 
Elliott Smith nació en 1969, un año que, además de guiño-guiño, année erotique (y acá hago una breve y necesaria pausa para permitir que mi cerebro recupere sus facultades, que se bloquean cada vez que piensa en Brigitte Bardot... y...listo, seguimos), fue también un cuerno de abundancia de psicodelia y creatividad. O, no sé, tal vez haya crecido secretamente intoxicado por algún sedimento del LSD que se respiraba en el mundo (o que circulaba por la red de agua corriente, según la leyenda urbana) por aquellos años. Eso explicaría la existencia de ese aparente conducto perceptivo entre su conciencia y las nuestras, la resonancia universal que tiene su música en algunos de nosotros, sus oyentes, como si al escucharla recuperáramos algo largamente extraviado, algo nuestro, intrínseco, más que un suceso externo captado por nuestros oídos.
Son of Sam es el tema que abre el disco Figure 8, el cual puede que sea el disco más logrado de Elliott Smith, o que al menos es, sin duda, el más complejo y elaborado, el más Sgt. Pepper's, podría decirse, aunque introspectivo, no Sgt. Pepper's guirnalda, uniforme y corno francés, sino más bien una prolongación de A day in the life, exclusivamente, o un disco de variaciones sobre el propio John Lennon, lo cual puede ser considerado un defecto, seguro, cuando el producto es poco más que plagiario (es una tentación hablar de Oasis, pero la verdad es que son nobles y componen bien, buenas noches), pero también, en el caso de Elliott Smith, cuyo aporte puede ser considerado como la puesta en escena de la herencia artística de Lennon, sin medias tintas, puede entenderse como una captura esencial de su (digamos, por decir una palabra espantosa, pero a falta de otra mejor) "legado", llevando su música a lugares adonde Lennon mismo tal vez podría haberla llevado, de no haber mediado el lamentablemente frágil estado psicológico de Mark David Chapman.

22/10/13

"We are real", Silver Jews (Del disco: "American Water" - 1998).


Y ninguno de mis cantantes favoritos puede cantar.

We Are Real by Silver Jews on Grooveshark



No sé por qué, finalmente, no pude encontrarle la vuelta a un buen comienzo para este artículo. Estaba entre alguna variante de "dos judíos entran en un bar", el chiste de si me eximirá de ser considerado antisemita el hecho de que "ey, algunos de mis artistas favoritos son judíos" y algo con el dentista de Seinfeld o tal vez con la escena en la peli de Woody Allen en la que el viejo sadomasoquista fantasea con que lo obligan a comer chuletas de cerdo. Pero lamentablemente nada de eso prosperó, así que no voy a insultar su inteligencia haciendo un pastiche, querid@s lector@s, o no voy a insultarla demasiado más que como acabo de hacerlo, usando arrobas para evitar herir susceptibilidades de gente cuyas susceptibilidades suelen ser notablemente fáciles de herir, de cualquier modo (Y, por las barbas de Mahoma, sabe el profeta que con esto no me refiero a la noble comunidad hebraica, por quienes siento un profundo respeto desde la maratón de los cuarenta años en el desierto, que hasta el día de hoy, miles de años luego de sucedido el hecho, sigue siendo un logro deportivo impar y, no estoy seguro, pero probablemente todavía marca el record histórico de la disciplina). 
En cambio, voy a comenzar con la noción mucho menos inspirada de que la vida es extraña y la realidad imita a la ficción y, no sé, imagínense ustedes los muchos otros lugares comunes que podrían venir al caso para ilustrar la extrañeza de estar escuchando un disco y que te de por pensar que el cantante canta raro (de un modo atractivo, seguro, pero raro al fin, como desafinando bien, aunque parezca una contradicción o un truco de la percepción, que seguramente los es, ambas cosas) y que mientras vos estás pensando eso y llegando a la inefable conclusión de que muchos de tus cantantes favoritos no pueden cantar, este fulano Berman cante... ¡Precisamente eso! ¡Que ninguno de sus cantantes favoritos puede cantar! 
Esto me sucedió ayer y por eso hoy escribo esta nota, no para redimir a los cantantes que no pueden cantar, ni a los músicos que no pueden tocar, ni a las cucarachas que no pueden caminar, porque les faltan dos de sus extremidades posteriores, sino para acercarles la hermosa música de los Silver Jews, comandados artísticamente por David Berman y, en el caso que nos compete, con una pequeña ayuda de su amigo y ocasional co-Silver Jew, Stephen Malkmus, quien además es uno de los juglares favoritos de esta corte.
Supongo que lo que más admiro de tipos como Berman y Malkmus es su capacidad Dylanesca para confeccionar elaboradas piezas en prosa, ciñiéndose, sin embargo, a la tiranía de la métrica de una canción, lo cual, comento, para quienes nunca lo hayan intentado, puede ser comparable a meter, de a uno, tres docenas de payasos en el asiento trasero de un Fiat 600.
Aunque lo de la prosa es infinitamente más elegante que lo de los payasos, hay que admitirlo.
¿Cómo hacen? ¿Cómo hacen para decir todo eso y que además sea gracioso y profundo y real, por sobre todas las cosas, como dice, justamente, esta canción? Obviamente lo ignoro; de otro modo, estaría haciendo lo mismo, en vez de conformarme con rimar love con dove y pain con shame.
El hecho es que los Silver Jews amalgaman una literatura inusual con un sonido crudo de guitarras heredado de (lo cual quiere decir, y no hay vergüenza en ello, todos lo hacemos: robado a) bandas como Sonic Youth y Pixies, configurando una arquitectura musical propia, fascinante y también, por qué no, kosher. 

17/10/13

"Bike", Pink Floyd (Del disco: "The Piper at the Gates of Dawn" - 1967).


Tengo un ratón sin casa. Lo llamo Gerald, no sé por qué. Se está poniendo un poco viejo, pero es un buen ratón.

Bike by Pink Floyd_(p) on Grooveshark



Hay dos clases de personas en el mundo: aquellos que aman a Pink Floyd con Syd Barrett, aquellos que aman al primer Pink Floyd post-Syd Barret, en la época de la psicodelia y aquellos. ¡Tres! ¡Hay tres clases de personas en el mundo! Aquellos que aman a Pink Floyd con Syd Barrett, aquellos que aman al primer Pink Floyd post-Syd Barret, en la época de la psicodelia y aquellos que aman al Pink Floyd conceptual y sinfónico de The Wall. Y los que aman al Pink Floyd de. ¡Cuatro! ¡Cuatro clases de personas!
And nobody expects the Spanish Inquisition!

Pero, en fin, sucede con Pink Floyd que, claro, alcanzaron un STATUS.
Y... ¿Qué es alcanzar un status? Es una situación muy curiosa, un tanto ambigua y horriblemente perjudicial para todo lo que tenga que ver con el rock, no con el rock-2.0-Prozac-Fest-limón-gigante-actitud-socialmente-comprometida-a-la-vez-que-políticamente-correcta-jovencita-ex-Club-De-Disney-en-tetas, sino con el rock como esa cosa que nos gustaba tanto y que terminó siendo lo que no era, lo que no podía, ni, creíamos, debía ser, pero sin embargo Woodstock y Hendrix y los 200 Moteles y... nah, lo siento. No funcionó. No sos vos, es el rock, pero todavía podemos ser amigos.
Status, como les decía, significa que adonde vayas va a seguirte el murmullo de los aplausos espontáneos, que vas a comer gratis en los restaurantes, que la gente va a citar ciegamente lo que digas, como si fuera la Palabra Divina, sin importar el hecho empíricamente comprobado de que aún las personas más brillantes suelen decir muchas estupideces.
Status, querido artista o aspirante a, significa que estás muerto. No muerto como los zombies o como Frank Sinatra, sino que detenido, congelado en un punto de tu vida en el que a muchísima gente le pareció que lo que hacías estaba muy bien y que su derecho como público consumidor era el de retenerte eternamente ahí, en Wish you were here, en las cejas afeitadas de Bob Geldof, en los soporíferos arabescos de tu guitarra, descendiente lejana de la lira de Orfeo, cuyo eco fantasmal resuena en los confines del Valle de la Luna, como puede oírse a veces en las noches calladas.
Pero antes del status, mucho antes, Pink Floyd era una banda que no sonaba al SONIDO PINK FLOYD
. Y no quiero decir que el SONIDO PINK FLOYD sea algo detestable, o siquiera malo. Personalmente, sin embargo (y si bien aquí voy a ser valiente y admitir, seguramente para horror de muchos de ustedes, que aún me gusta The Wall y que puedo disfrutar escuchándolo, haciendo caso omiso al cínico que grita y patea dentro del tachito metálico de mi cultura), ya tuve mi cuota de SONIDO PINK FLOYD y creo que puedo vivir el resto de mi vida sin volver a escuchar el solo de Comfortably Numb en su versión live, que dura 87 minutos y tiene tres tipos diferentes de pedales de delay.
Bike, entonces, antes del status, antes del sonido-marca-registrada, es una canción formidable dentro de un disco formidable, extraño, imaginativo, como la banda de sonido ideal para la mente de Lewis Carroll, con un Syd Barrett en su pico creativo, aún más Barrett que drogas, más persona que espectro, una de las grandes mentes del Siglo XX, sobre todo por su capacidad de pensar fuera de los parámetros usuales, fuera de los cánones constrictivos del rock de su época, y cuya influencia ha alcanzado a los músicos más dispares, desde David Bowie a Scott Weiland, pasando por Robyn Hitchcock y Supergrass y nuestro vernáculo y nunca suficientemente alabado Miguel Abuelo, por mencionar algunos.
Porque hay dos clases de personas en el mundo, queridos lectores y lectoras: nosotros y Syd Barrett.

P.D.: Tal vez exagero, pero no quita.
P.P.D.: Sí, ya sé que murió, lo de "en el mundo" es un decir, un suponer.

14/10/13

"Marquee Moon", Television (Del disco homónimo - 1977).


Hablé con un tipo cerca de las vías. Le pregunté cómo hacía para no enloquecer.

Marquee Moon by Television on Grooveshark




Voy a empezar esta crónica diciendo, y ustedes decidan si me creen o no, que la noción de élite cultural me resulta desagradable.
Me resulta desagradable por las razones usuales, porque quién me creo que soy, porque de qué me la doy y a quién le gané, pero también porque, en un punto, sería hipócrita si no me reconociera su víctima, de tanto en tanto. 

Escuchar los discos de Television me provoca, como le provocará a tantos otros aficionados a su música, ese sentimiento ambiguo, a un tiempo placentero y culposo; el placer de creer ser capaz, por arte de magia, quién sabe, o por alguna bendición metafísica o genética, de disfrutar de alguna cosa que presupongo que muy poca otra gente sabría disfrutar tanto como la disfruto yo.
Es una idea estúpida e infundada, pero negar que me sucede, sin embargo, sería de muy mal gusto y, como les decía, indudablemente hipócrita.
Pero (pero) también es verdad que eso sucede, no solamente por virtud de mis defectos (¿Me mandé un Arjonismo, ahí? ¡Mátenme!), sino también porque Television es, de hecho, 
una pieza musical difícil de catalogar (difícil de ponerle el dedo encima, como dicen--en su idioma, como es natural--los angloparlantes); es el producto de la suma improbable de unas cuantas guitarras afiladas y montones de estribillos gancheros y una poesía extraña, cautivante, en la voz de un tipo que canta como Patti Smith (¡pero es un tipo, no es Patti Smith!); un híbrido casi mitológico entre la actitud punk o post-punk o casi-post punk y la habilidad de unos músicos que, mirá vos, además pueden tocar sus instrumentos y lo hacen notablemente bien. Y no es que haga falta catalogar, ni explicar nada, en realidad. La música sucede para ser escuchada, y con eso sobra. Pero es interesante notar cómo, desde una distancia prudencial, el disco se siente perfectamente sólido, dotado de la tangibilidad arquetípica de una banda de rock, pero (y ésto es lo mejor) desde cerca se ven (se escuchan) ciertas superposiciones imposibles entre los elementos autónomos que conforman el todo, los cuales están unidos por una vitalidad cohesiva extravagante y por una innegable lujuria por vivir (como diría Iggy Pop), pero también por una melancolía pesada como collar de sandías (como diría, no Iggy Pop, sino mi viejo) que, al menos eso escucho yo, impregna la obra de cabo a rabo
Es como la melancolía de haber recibido más información que la que uno realmente necesitaba y no saber qué hacer con ella. 
Marquee Moon me hace pensar en esas comidas que difícilmente puedan gustarle a una persona la primera vez que las prueba; que necesitan de la reiteración para terminar de brindar toda la gama de sabores que ofrecen al paladar paciente. Diría que, a diferencia de la ubicua hamburguesa con fritas que serían, por ejemplo, los Ramones, Television es un plato elaborado con alguna carne exótica, ciertas verduras frescas de estación y una salsa condimentada con especias inusuales, no sé, pongámosle que cúrcuma, gengibre y un toque de fruta y un buen vino para darle espíritu.
Y no me malentiendan: puedo comer hamburguesas y escuchar a los Ramones 360 días al año.
Sin embargo, los cinco días restantes (o seis, en bisiesto), serían difíciles de tolerar sin bandas como Television, sin discos (y canciones) como Marquee Moon.

11/10/13

"Sadie Mae", John Lee Hooker (Del disco: "Boom Boom" - 1992).



Vos no sos hierba buena. Dios mío, si ni las vacas te masticarían.

Sadie Mae by John Lee Hooker on Grooveshark



Imaginen que entran a una habitación desconocida, en una casa desconocida (no hace falta que sea Memphis, Tennessee, pero ayuda si hace calor y zumban mosquitos, si el lugar está un poco desolado y huele a kerosene o a lavandina, con un toque de Old Spice, porque el estilo es lo último que se pierde). En esa habitación se encuentran con un hombre viejo, con aspecto de haberse gastado de tanto vivir, un verdadero Abuelo de la Nada, quien, sentado en una silla con el respaldo al revés y con la voz áspera de noches robadas al (y por el) whiskey, empieza a relatar una historia que no es un chiste, no, y no tiene remate ni tiene moraleja. Es la historia de una chica de mala reputación que todavía tiene una chance de redimirse, pero podría ser cualquier otra historia. El viejo habla pausadamente. El tiempo mismo, esa sustancia líquida y escurridiza, parece pertenecerle. Desenreda el relato con precisión, como si conociera los hechos de primera mano, como si él mismo hubiera estado ahí para atestiguarlo todo, y es difícil saber si miente o si dice la verdad, aunque hay algo ambiguo en su manera de gesticular, algo que provoca la sensación de que la historia no conduce a ninguna parte, que es solamente una excusa para que suceda el sonido sobre el cual va montada, que su único objeto es el de no perecer y seguir repitiéndose, siendo repetida, con urgencia animal, como esas películas cortas que proyectan en las exhibiciones de los museos y que al terminar recomienzan de inmediato, como cintas de Moebius digitales (cuánto más romántico y pertinente sería hablar de celuloide, pero el progreso no se detiene a esperar a nadie, menos a nosotros) doblándose y desdoblándose sobre sí mismas.
Eso es el blues, con sus tres tonos básicos que son como los protones, neutrones y electrones de la mayoría de la música que escuchamos hoy. 
Pero en Sadie Mae, además... además está el sonido de la guitarra, un fenómeno anacrónico, secuestrada desde otro tiempo, a los primeros bluesmen, como a mitad de camino entre el ruido y la música, sonando más como los últimos estertores de un animal extraño y moribundo, que como un instrumento musical.
Me llevó bastante tiempo entender que amo el sonido de esa guitarra, no a pesar de estar levemente, o terriblemente (es difícil estar seguro) desafinada, sino precisamente porque esa desafinación representa la identidad individual de la obra y define su estética del modo más conciso y exacto posible.

3/10/13

"Mass Romantic", The New Pornographers (Del disco homónimo - 2000).


Al amanecer, la calle se enciende de luces.

Mass Romantic by The New Pornographers on Grooveshark



Mass Romantic suena como si Stephen Malkmus McFly, el larguirucho lider de la difunta banda Pavement (pero ya volvieron una vez y si la propina es buena, seguramente volverán a volver cuantas veces sea necesario, como sucede con casi todas las bandas que se separan para siempre jamás, punto y coma, el que no se reagrupó se embroma) y el Doc Thurston Moore Brown, el carilavado líder de la sempiterna banda Sonic Youth (aunque ya se separarán, seguro, como suele suceder, si no es que se separaron ya y también volvieron, incluso varias veces, porque realmente no estoy muy al tanto de estas cosas y, lamentablemente, Lucho Avilés ya no me responde los llamados, desde aquél incidente de drogas duras, hermanas siamesas y caramelos Flynn Paff, el cual, como es comprensible, afectaría negativamente su carrera, si saliera a la luz), cargaran de plutonio hasta las verijas el capacitor de flujo del DeLorean y lo aceleraran a 88 millas por hora para llegar sin escalas a mediados de los 60's y reemplazar al primo Mike Love y a alguno de los hermanos Wilson (no sé, cualquiera menos Brian, son demasiados y ya perdí la cuenta) en los Beach Boys, para inventar algo que vaya si los jóvenes de entonces no entenderían, pero que a sus hijos habría de encantarles.
Recuerdo leer de algún crítico poco iluminado que los New Pornographers son una superbanda indie, lo cual es un oxímoron, digo yo, a menos que uno se imagine, mentalmente, a una suerte de Liga de la Justicia sin sus héroes legendarios, compuesta por, no sé: Detective Chimp, Lightning Lad, Changeling, Tantalium, de los Metal Men (sí, créanme, todos estos superhéroes existen y sí, el volumen al que el hecho de que yo esté en conocimiento de su existencia grita: "Geek!", aturdiría al mismísimo Don Ludwig) y los Gemelos Fantásticos (¡ah, claro, a estos sí los conocen, manga de prostitutos del mainstream!) como líderes.
Pero sí, digamos que al menos Neko Case, A.C. Newman y Dan Bejar/John Collins (de la muy buena banda Destroyer) han sabido llevar unas carreras razonablemente prósperas, dentro de su ambiente, a pesar de sufrir de ese terrible flagelo conocido dentro del mundo del espectáculo como: "ser canadiense", el cual, según fuentes confiables, muchos otros artistas se ven obligados a ocultar para poder conseguir trabajo. 

Supergrupo o no, los New Pornographers logran reunir en su disco debut, también llamado Mass Romantic, una colección de canciones magníficas, que en un mundo ideal serían las canciones de moda sonando en los altoparlantes de los imbéciles que escuchan música con altoparlantes en público, quienes no dejarían de ser imbéciles, pero al menos dejarían de ser un estorbo para gente como nosotros, queridos lectores y lectoras, quienes, como el cuervo que quiere que todo sea negro y el búho que quiere que todo sea blanco, referidos por William Blake en sus Proverbios del Infierno, quisiéramos que todo fuera indie rock canadiense.

DISCLAIMER: No, no quiero que todo sea indie rock canadiense, es solamente un artificio literario y no todo lo expresado en esta página representa fielmente mi idiosincracia, ni mi posición estética/ética/moral.

DISCLAIMER II: No hay nada de malo en ser canadiense. Algunos de mis amigos son canadienses y conozco a un tío de un amigo de una prima que una vez fue a Canadá y le gustó bocha.

"Super Sex", Morphine (Del disco: "Yes" - 1995).

Tengo el whiskey, nena. Tengo el whiskey y los cigarrillos.

Super Sex by Morphine on Grooveshark



Acaba de llegar un e-mail a mi bandeja de spam con el asunto "¡Aquí también hay amor!" y decidí que es un concepto espléndido con el cual empezar mi crónica acerca de Morphine y su bonita canción: Super Sex. 
Voy a depositar delicadamente la frase en un vacío contextual, digno del Cosmos de Carl Sagan (supongo que la mayoría de ustedes son demasiado jóvenes para recordar ese programa, pero qué más da), y tal vez ustedes puedan, o no, extraer de ella algún significado relevante al resto del artículo, cuan si fuera un manojo de arcilla dialéctica en vuestras manos... eh... mentes... eh... bueno, ustedes saben, a veces me pierdo entre tanta metáfora, pero al final del día es como dice la Biblia en Mateo 21:17: "Y, dejándolos, salió de la ciudad de Betania, y se posó allí" 
Sí, piénsenlo.
Pero... ¿Qué tipo de banda fue Morphine? ¡Caramba, esa es una buena pregunta!
Imaginen que Jazz, ese dandy de sombrero de felpa y anteojos oscuros cubriéndole los ojos 24 horas al día, que no puede, por mucho que lo intente, y en realidad mucho no lo intenta, mantener su miembro dentro de sus propios pantalones, un día tuvo un romance con Punk, esa señorita de jeans destrozados, pelo con cresta y piercings en los lugares más insospechados del cuerpo (guiño-guiño). Ahora, bien: Jazz ya había tenido un romance con Rock, bastantes años antes, pero la cosa no terminó en rosas, para nada. Ahora casi no pueden verse y se dividen la custodia de su hijo mayor, Weather Report, y de una veintena de hijos menores desparramados por el mundo, aunque la realidad es que ninguno de los dos quiere hacerse cargo de ellos (y uno no los culpa). Punk, para peor, es una madre ausente, permanentemente en rehabilitación del alcohol y las drogas, y uno de los pocos hijos que tuvo con Jazz, Morphine, salió con los todos los vicios de su madre, pero con ciertos rasgos de la sofisticación paterna que son imposibles de negar.
Morphine es (era, porque Sandman murió de exceso de vida y, aunque la banda siguió tocando con otros cantantes, hasta donde tengo entendido, por lo que pude escuchar de ellos, prefiero tender un manto de piedad sobre sus aventuras recientes y hacer de cuenta que aquí no ha pasado nada y agradecer que siempre tendremos los cinco discos casi perfectos que grabaron bajo el timón creativo de Sandman, impecables como los trajes de color lila del finado Anté Garmaz), pero Morphine era, entonces, un pez raro en pecera ajena, pero no de esos peces chiquitos, cuyo único propósito en la vida es hacer tiempo, esperando que los devore un pez más grande, sino más bien un erizo que se queda ahí al costado y hace la suya y guay de quien ose molestarlos, porque las cuerdas del bajo de Sandman son espinas afiladas y el (los) saxo(s) de Conway es (son) como un veneno lento y poderoso, que va ganando terreno, avanzando despacio por las cavernas auditivas, por los canales del cerebro, hasta el centro luminoso de lo que somos detrás de lo que creemos ser. 

1/10/13

"Los Libros de la Buena Memoria", Invisible (Del disco: "El Jardin de los Presentes" - 1976).


Y entre los Libros de la Buena Memoria se queda oyendo: como un ciego frente al mar.

Los libros de la buena memoria by Invisible on Grooveshark



No creo que nadie se sorprenda si confieso que tengo unos cuantos defectos (lo hago porque estamos en confianza y porque doy por descontado que ninguno de ustedes, prohombres y promujeres, rebosantes de virtud cuan fuentes eh... rebosantes... de virtud... son dados al chisme).
No, en serio. Palabra de honor: tengo defectos. ¿De qué se rien? En fin... 

Y, como ha de suceder con los defectos de todo el resto de las personas, seguramente, entre los míos los hay que son bastante serios y otros que son más bien inocuos, y todos ellos sumados van dando forma a mi personalidad, a fuerza de erosión y de tensión constante y primal contra el (y en sentido opuesto al) no menos obstinado empuje de mis virtudes, dale que dale, puro topetazo de carnero, y así las cosas, ya ven cómo salí. Pero lo que en realidad quería decirles, antes de irme por las ramas, como siempre, es que uno de mis defectos es ser una persona reiterativa, ser una persona reiterativa, ser una persona reiterativa, ser una persona... y que no estoy seguro acerca de si ser una persona reiterativa (por lo cual culpo a la fragilidad de mi memoria, aunque sería malintencionado descartar que algo del ego de querer ser escuchado debe haber en el asunto) entraría en el grupo de los defectos serios o en el de los defectos inocuos, si trazáramos un imaginario diagrama de Venn para ambas clasificaciones.
Todo esto viene al caso porque no dejo de repetirle, time and time again, como dicen los gringos, a quien tenga ganas de escucharme (y admito que muchas veces ni me molesto en asegurarme, a priori, de que tengan ganas de escucharme), que El Jardín de los Presentes es básicamente OK Computer, sólo que veinte años antes y en Castellano.
Y, en tal caso, Los Libros de la Buena Memoria (título que bien podría ser de Lovecraft, si cambiáramos: "de la Buena Memoria" por: "del Horror Abismal que Acecha en las Profundidades Insondables", aunque, claro, hay que decir que Spinetta y Lovecraft han tenido estilos bastante disímiles, en particular como guitarristas) es la canción que mejor evidencia ofrece para sostener mi afirmación, si tenemos en cuenta las elecciones estéticas de la banda (o de Spinetta, seguramente) en la producción del tema, empezando con el vaivén de wah-wahs y delays y arpegios etéreos; siguiendo por la apertura cósmica de los platillos de la batería, su siseo de alerones de nave espacial (la nave del Capitán Beto, con la foto de Carlitos sobre el comando, y todo, que en el caso de Radiohead debe ser una foto de, no sé: Sir Bobby Charlton) y terminando hasta en ese poquito de ciencia ficción y la ambigüedad intencionada de ciertas letras, que le conferirían a El Jardín de los Presentes y a OK Computer una suerte de sincronía anacrónica, si el término sincronía anacrónica significara lo que yo quiero que signifique, cosa que dudo mucho. 
Además, si bien la clasificación que utilizo para los discos que voy escuchando es rudimentaria (creo que hay solamente tres géneros musicales, a saber: música que me gustaría volver a escuchar, música que no me gustaría volver a escuchar y música que me da igual si vuelvo a escucharla o no) y la idea de vanguardia, como virtud en sí misma, me importa menos que la inclusión o no de cornetas de cotillón en la fiesta de cumpleaños de Jorge Dorio, no me parece irrelevante contemplar el hecho de que, mientras Jonny Greenwood aún jugaba con Legos en vez de con Theremins y Thom Yorke todavía no tenía vello púbico (estoy al tanto, sí, de que hablar del vello púbico de Thom Yorke es, muy probablemente, tocar fondo como cronista, pero no pude evitar el comentario, disculpen) y tal vez ni siquiera su emblemático ojo estaba tan, tan chueco, quiero decir que, mientras ellos eran niños, Spinetta, cuya música seguramente ellos nunca escucharán y de quien nunca oirán hablar o, si oyen hablar de él, lo olvidarán enseguida, ya había empezado a grabarles su disco más emblemático, porque así de copado era el Flaco.