Hijo autoadoptado de Rimbaud, Nick Hornby y Lester Bangs: ¿Qué piensa el autor de las canciones que escucha? Aquí lo escribe.
30/8/13
"Solid Gold Easy Action", T. Rex (Single - 1972).
Hay algo indefinible, acerca de Marc Bolan, que me parece una continuación perfecta de Bo Diddley, como si ese boogie de andar frenético que surca el núcleo de las canciones de ambos, como una gran Muralla China de cachondeo eléctrico, fuera la espina dorsal que comparten como hermanos siameses, nacidos del mismo generoso útero de Mamá Rock, aunque con diferencia de un par de décadas.
Digo "cachondeo eléctrico" y pienso que me resulta perfectamente comprensible imaginar cómo, cuando el rock maduró a principios de los 60's, más que apenas como síntoma de malestar social, como un posible motor de cambio (que lo fue, aunque luego haya dejado de serlo), las mamás y los papás de aquellos pibes que se dejaban crecer el pelo y de esas pibas que se subían las polleras por encima de sus rodillas hayan sentido un terror cuasi-sacramental en su presencia, seguramente intuyendo, con bastante acierto, que el rock es casi tan sexo como el sexo.
Y, como el sexo, también es un puente de alto voltaje cableado directamente a una cajita escondida entre los surcos del cerebro, la cual, propiamente estimulada, libera las endorfinas y las azuza, diciéndoles: "vayan, hijitas; vayan y prendan fuego de placer todas las terminales nerviosas de esta gente joven y bonita; abran todas las puertas cerradas en el subconciente, dejen salir todas las bestias ocultas y luego siéntense a comer pochoclo y a mirar cómo arde absolutamente todo".
En mi mente, eso debe ser el rock: un Fight Club para las hormonas y para las ideas que te llenan la cabeza y te vuelven loco, como canta Dylan.
Lo que sucede es que hay quienes ven en el caos solamente una amenaza, un salto de fé que nadie en sus cabales tendría ganas de realizar, pero no ven que el caos ya está ahí de cualquier modo, dominándolo todo, y que cualquier intento de orden impuesto por encima del caos es ilusorio y arbitrario y tan inconsistente como tratar de tapar la boca de un volcán en plena erupción con un par de cartones y cinco rollos de cinta de embalaje.
T.Rex, al fin, es parte de ese volcán.
Una fuerza de la naturaleza que te lleva, quieras o no (¡pero querés, cómo no vas a querer!), a un lugar en donde no hay tiempo para estar quietos, donde el ritmo es la sopa primordial de todo lo que existe; un espacio virtual ubicado entre el primer y el último compás, en donde no necesitás nada, pero nada de nada más que lo que hay ahí; ningún sponsor vendiéndote una revolución hecha de aire caliente, con su correspondiente merchandising; ningún manifiesto redactado por la necesidad febril de potenciales megalómanos con baja autoestima e ínfulas de poetas de mesa de saldos; un lugar donde un boogie de guitarra puede estar más bueno que comer pollo con las manos, más bueno que las drogas y más bueno que coger y lo mejor de todo es que, con un poco de maña, uno puede escuchar a T.Rex mientras hace esas tres cosas juntas.
26/8/13
"Feliz cumpleaños", Francisco Bochatón (Del disco: "Cazuela" - 1999).
Desde la época de los Peligrosos Gorriones, pero sobre todo como solista, Francisco Bochatón es un fantasma sin nicho en el cementerio megamonoblock del Nock Racional, es decir: esa megalópolis estéril digna de Fritz Lang, ese kaiju de muchas cabezas y escasos cerebros (campera por corazón, pura foto sin canción) que suele recibir el mote dudoso de: "Rock Nacional" (así, con mayúsculas y todo) por parte de los grandes cráneos anónimos y no tanto, forjadores de souvenirs pseudoliterarios para el suplemento Afirmativo de los viernes, con sus lapiceras desafiladas de tanto firmar cheques, cheques, cheques, baby, entre quienes me incluiría, excepto que jamás en mi vida he firmado un cheque y entretengo la idea de que solamente lo haría para pagar por un cartón de leche, como el Gran Lebowski.
Lo que pasa es que Bochatón es muchas cosas que le quitan la posibilidad de hacerse de un lugar cómodo dentro de la música contemporánea vernácula (diría, tal vez, Julio Mahárbiz, si es que aún vive, cosa que ignoro).
Para empezar, Francisco Bochatón es un poeta antes que un rocker.
Dirán lo que digan, pero el rock no tiene muchos poetas y sí tiene muchos tipos que hacen letras porque no les gusta hacer música instrumental, pongámosle, o porque ya no alcanza con tener una remera del Che, que se consigue baratita y en cualquier lado, del color que mejor combine con la funda de tu smartphone revolucionario y antisistema, para transmitir un mensaje popular e inequívoco.
Es irrelevante la valoración que uno haga de su obra. El tipo puede ser un poeta genial o un poeta pésimo (yo pienso que es un poeta maravilloso, la verdad), pero es un poeta, un ser sujeto a esa rara ocurrencia humana que provoca en algunos especímenes la búsqueda del Verbo hecho palabra.
Y como poeta, también es un perdedor, porque todo poeta está predestinado a perder y a hacer de la derrota su leche y su pan e ir vagando de aquí para allá como un navegante sin brújula en un barco sin mástiles que surca un mar sin agua.
La derrota del poeta, para aclarar los tantos, es la imposibilidad de decir siendo dicho, de ser uno con su obra y de anularse, realizando la paradoja, a través de su poesía.
El poeta quiere dejar de ser y que sus poemas sean por él, pero no puede, por supuesto, porque él está hecho de carne y sus poemas están hechos de nada.
Otra cosa que es Bochatón es un gran intérprete, lleno de limitaciones técnicas que, en el caso de Cazuela, juegan en favor de que la música se presente al oyente como una traducción creíble de lo que intraduciblemente sucede en la psiquis de su ejecutante; una traducción sin F7 ni autotune; un artefacto que no tiene más afiche que lo que sea que valga por sí mismo y que, así y todo, brilla por cuenta propia y alza la voz hasta que se hace escuchar.
Entre los mantras melódicos de Feliz Cumpleaños y el aparente absurdo infantil de su letra se esconde algo enorme, la desesperación de un hombre intentando apoderarse del mar y bebérselo de un trago, en un impulso genuinamente poético, que nada tiene que ver con las mil formas posibles de rimar amor, ni con la humedad perenne de bombachas que gritan: ¡Cállese y quíteme mí dinero, señor de moda!
No sé hasta dónde, ni cuánto de eso queda en la obra musical de Bochatón, al día de hoy, pero Cazuela está ahí, ya ha sucedido y aún sucede y nunca dejará de suceder, su legado poético y su disco de profeta con la maldición de Cassandra, al que casi nadie toma en serio, aunque acierte con alarmante frecuencia.
20/8/13
"Search and destroy", Iggy & The Stooges (Del disco: "Raw Power" - 1973).
"Con el corazón lleno de napalm" es la frase más sinceramente elogiosa y acertada que cualquier persona de este mundo y de cualquiera de los mundos doppelgangers en dimensiones paralelas a la nuestra, por qué no, podría llegar a acuñar para describir la música de Iggy & The Stooges y Search and destroy, en particular, es, si se me permite robarle una frase al genial metaforista Héctor "Bambino" Veira: como abrazar a la bomba atómica.
La simplicidad casi zen, pero cruda y sangrante como una herida abierta o un bife mal cocido, con la que golpea al oyente el riff de guitarra, constituye uno de los puntos de referencia más singulares para las bandas que vinieron después que Iggy y sus chiflados a tratar de hacer algo parecido, sin siquiera saber demasiado bien qué era lo que estaban tratando de imitar.
Me gusta la idea de que ciertas bandas de esa época, como los Stooges, MC5 (y anteriormente tal vez los Troggs, los Sonics y los Monks) se asemejan al principio de la película "La Cosa", de John Carpenter, del año 1982, en la que un grupo de expedicionistas estadounidenses se cruzan con unos noruegos que les dicen "Aléjense de esa cosa: eso no es un perro", pero ellos no hablan noruego y no entienden la advertencia. Tampoco nadie entendió bien, en ese momento, la advertencia en idioma de guitarra eléctrica acerca de la magnitud de la infección que se venía y que habría de propagarse incontrolablemente a través de las décadas siguientes, rompiendo (y corrompiendo) las cabezas y cabelleras de los jóvenes de Londres de finales de los años 70's, teñidas y encrestadas como versiones invertidas de la división de las aguas del Mar Rojo, a cargo del proverbial bastón fashionista de Malcolm McLaren.
Search and destroy sucede al extremo de algo. Haciendo equilibrio en esa zona de la existencia en donde una cosa es indestructible al borde de la fragilidad absoluta, como un cable de acero en su punto máximo de tensión.
La tensión del cable es la distorsión y el punto de ruptura es la diferencia entre canción y ruido.
Porque Search and destroy es, en esencia, una canción pegadiza y genial.
De hecho, sacándole todo lo bueno al tema, uno puede imaginar, sin demasiado esfuerzo, un cover en versión Bossa & Stooges, sonando en el éter de un restaurante de moda, sin alarmas ni sorpresas, sin posible indigestión para los canapés de salmón noruego decorados con finas hierbas de Vietnam a un precio tan alto como baja es la autoestima de quien necesita pagarlo para sentirse validado como miembro de una élite sin propósito.
Como está grabada originalmente, sin embargo, Search and destroy no es otra cosa excepto indigestión: una acidez de gente cuerda provocada por ese corazón lleno de napalm, como ya nos han advertido, que sube como por un ascensor de asco y de aburrimiento y de todos los sentimientos post-adolescentes de quien se halla atrapado sin salida entre los compases de un universo lleno hasta el borde de covers melosos y ropa de diseñador.
3/8/13
"Fly", Nick Drake (Del disco: "Time of no reply" - 1986).
La música de Nick Drake es como una versión sonora de los cuadros de van Gogh, en mi mente: un arte de trazos brutalmente desnudos, como puñaladas, que le devuelven a tus ojos una imagen de vos mismo, pero no como te ves siempre, ni como te ven los demás, sino como sos debajo del artificio de animal social que se ha ido adhiriendo a tu persona a lo largo de tu vida: la visión nublada de un mundo que existe más allá de la carne y de los tendones y de los desengaños amorosos, pero al que puede que no tengas más acceso que, sólo a veces, a través de dichas visiones breves y epifánicas.
Por eso prefiero la versión de Fly del disco de rarezas y grabaciones encontradas: Time of no reply, a la versión incluida en el disco Bryter Layter, porque ésta última es un poco más barroca (más Rembrandt, digamos), puede que por vicio de cierta predilección natural de algunos músicos y productores, que los compele a poner arreglos de cuerdas en una canción que ya es perfecta sin ellos, lo cual usualmente y no obstante algunas excepciones razonables, resulta en bigotes de fibrón en la cara de Gioconda.
Acerca de Nick Drake, de su música y de su vida; una: bella y algo trágica, la otra: simplemente trágica, ya se ha hablado de sobra.
Lo que a mí, personalmente, me resulta fascinante acerca de él, es cierta dualidad que emerge al analizar su obra y su biografía.
Por un lado, allí estaba Nick Drake en sus recitales: alto, desgarbado y un poco torpe; se pasaba demasiado tiempo cambiando la afinación de su guitarra entre tema y tema, eso lo ponía nervioso, y todo ese aquelarre logístico terminaba diluyéndolo como una ola que no alcanza nunca la costa de un público demasiado ocupado hablando de la onda groovy (shag-a-delic!) de sus revolucionarios (sí, claro) años 60's, como para reservarle el menor atisbo de paciencia.
A pesar de su gran atractivo físico y de su talento, ese músico no pudo lograr en vida el reconocimiento, como tal, que sí lograron muchos otros músicos decididamente menos talentosos que él, pero con departamentos de marketing más eficientes y la capacidad bovina de no salirse de los cánones establecidos por la moda del momento.
Por otro lado, sin embargo, y aunque suene contradictorio, el Nick Drake de los discos es un artista sin grietas, ni vacilaciones; un performer refinado, no en el sentido de exclusividad burguesa que suele darse a dicha palabra para describir a un artista de pseudo-elite, sino en el sentido de haber logrado un grado de sintonía fina consigo mismo, tal que su música es expresada con una claridad abrumadora, con una simpleza que me recuerda a uno de los proverbios del Infierno de William Blake, que dice más o menos que no hay forma de decir la Verdad de tal modo que sea comprendida, sin ser creída.
Eso es, muy probablemente, lo que ha logrado Nick Drake por medio de su música: la consolidación de una Verdad en mayúsculas e inusualmente cristalina; una Verdad que, por desgracia, terminaría aplastándolo bajo su irremediable peso de roca de Sísifo, pero que también le dejaría al mundo el legado de una discografía tan austera como maravillosa.
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