No me parece necesariamente desatinado hallar una cierta familiaridad entre The Fall y Joy Division. Eso es lo primero que pienso.
Allí están los beats frenéticos y la distorsión; el sonido lo-fi, la repetición casi desesperante del patrón rítmico, como un corazón delator, tum-cha-cha-tum-cha, un metrónomo de ultratumba que emerge victorioso de los huesos de los muertos, que suenan al chocar entre sí, mientras sus cuerpos extintos bailan en la rave más extraña que hayas visto en tu vida (eso que alguna vez fue Inglaterra, allá a fines de los 70's), mientras Blondie se pone sus mejores zapatos de plataforma para ir a la discoteca y Bowie se muda al Este para codearse con gente más sofisticada y hacer música "seria", ya aburrido, tal vez, de la energía juvenil de su caniche toy que responde al nombre de Iggy Pop.
Sin embargo y a pesar de sus similitudes, The Fall es, también, todo lo que no es Joy Division y, por ende, su complemento.
Joy Division, por ejemplo, tiene un componente pop que no es difícil de detectar y la evidencia más indisputable de ello es la existencia de New Order, su sucesor.
Del lado del Yang, sin embargo, es imposible pensar que del cerebro de Mark. E. Smith, líder de The Fall (duende extraño con cara de albergar todos los vicios que puedan residir en el imaginario colectivo de la Humanidad y estar todo el tiempo ejecutándolos mentalmente al unísono, como una sinfonía depravada que haría sonrojar a Calígula, como canta Morrissey)... que de ese cerebro pudiera, acaso, surgir una melodía tan ganchera como la de Bizarre Love Triangle. ¡Impensable!
Y ni falta que hace.
En cambio, sí, pueden surgir canciones como Rowche Rumble, una oda a las amas de casa que se empastillan para poder tener alguna esperanza de llevar adelante sus vidas de mierda, como cantaba Mick en Mother's Little Helper, excepto que a Jagger se le caerían todas las uñas si acercara tan solo uno de sus impecables pies, atendidos, seguramente, por los pedicuros más caros de Londres, al extraño mundo de Mark (no soy experto en podología del rock, lo admito, pero estoy bastante, bastante seguro de que eso es lo que sucedería).
Creo que la mejor manera de abarcar el concepto de lo que realmente es The Fall sería imaginar un Poltergeist, uno esos espíritus (¡They're here!) con la capacidad de mover los objetos y causar toda suerte de estragos con su energía psíquico-ectoplásmica (nunca hubiera imaginado, en mis sueños más locos, que algún día escribiría esa frase). Luego habría que imaginar que dicho Poltergeist se mete en una licuadora encendida y, en el éxtasis de su agonía, comienza a aullar un twist, mientras al sonido de todo eso es transmitido por un megáfono y amplificado por un Marshall ardiendo de distorsión valvular. A todo esto, a un costado del cuadro, deberemos figurarnos a un gorila vestido de marinerito y a un sacerdote ortodoxo ruso, besándose con lengua mientras bailan a-go-go como bailaba Adam West en la serie Batman, en el año 1966, sobre una piscina olímpica llena de gelatina de mango, en un hangar abandonado de la Base Marambio.
Dicha imagen podría llegar a acercarse a una representación más o menos fiel, creo yo, de las profundidades psicóticas (pero psicóticas bien, ojo) de la música compuesta y ejecutada por Mark E. Smith, quien en Rowche Rumble se disfraza de todo esto y mucho más, como sumo sacerdote del caos, confiriéndole a tipos como Nick Cave, en la comparación, un aire de corrección política digno de Bill Haley.
Porque algunos hombres sólo quieren ver arder al mundo, y Mark E. Smith es uno de esos hombres.









