Y hasta las viejitas más insignificantes tienen una vida social, cuando se juntan a cenar y a hablar de su Salvador.
Vic Chesnutt me recuerda (tiene "un aire", como suele decirse) a una versión mejorada de ese tipo tan raro de las múltiples identidades, que nació Steven Demetre Georgiou y terminó siendo Yusuf Islam, pero compuso sus mejores discos bastante tiempo antes de abrazarse a la fé de la estrella y la luna creciente, cuando todavía se hacía llamar Cat Stevens.
La primera vez que lo vi (¡a Vic Chesnutt, no a Cat Stevens/Yusuf Islam/Steven Demetre Georgiou!), habiendo ya escuchado su música pero sin brindarle, entonces, la atención que realmente ameritaba, fue en un programa de televisión (que estaba bastante bueno) conducido por David Byrne: Sessions At West 54, el cual era transmitido por el canal Sony todos los sábados a la noche (creo) durante el primer par de años del presente milenio (¡qué raro suena, aún, habiendo transcurrido ya una década y casi media, hablar del milenio y la mar en coche, como diría mi viejo!).
Mi esposa (que aún era mi novia) y yo nos encontrábamos entre penumbras en la cocina de la casa de mis padres, haciendo ni más ni menos que aquello que, típicamente, todas las parejas de novios del mundo hacen entre penumbras en las cocinas de las casas de sus padres, mientras estos últimos duermen o no pocas veces yacen, atormentados por la inevitabilidad de lo inevitable (duh), simulando dormir. Quiero decir que estábamos mirando televisión por cable (¡pero por supuesto!), cuando la marea del zapping trajo a las márgenes de nuestro creciente desinterés un tesoro extraño: la imagen de un hombre solo, sentado en una silla de ruedas. Un tipo de apariencia diminuta, por contraste, delante de un enorme piano, y con sus manos tullidas, improbablemente contorsionadas delante de sí.
Era una imagen que tenía demasiado de David vs. Goliat (hombre pequeño, piano grande, accidente esperando por suceder); una de esas escenas que uno presupone patéticos llamados al morbo del televidente o que, de otro modo, son observadas por cierta gente como si en realidad estuvieran tratando de desmirarlas (o nomirarlas), con la secreta esperanza de que termine pronto la función y así dar inicio al acostumbrado ritual que consiste en:
a) aplaudir con énfasis exagerado el esfuerzo del pobrecito lisiado (comentando al vuelo, casi siempre, la valentía del artista, diezmado físicamente por los giros inapelables de la vida, pero entero de espíritu y de temple: un verdadero ejemplo para la comunidad y para las generaciones futuras, señores).
b) enseguida, darse unas palmaditas en sus propias espaldas (bien merecidas, oiga).
c) volver a sus casas a toda prisa para exorcizar las vibraciones negativas de semejante representación dantesca, invocando los espíritus ligeros de Adonis y Afrodita, que habitan en los discos de nuestras megaestrellas de rock: jóvenes bellos con los dientes cincelados por Auguste Rodin, desbordantes de simpatía presidenciable y dotados de un talento correctamente homologado (ISO 9001).
Séllese, fírmese y archívese, quedando todo inscripto, con el necesario rigor del caso, dentro de la zona de confort de la clase media políticamente correcta, como Dios (cualquiera de ellos, da igual: lo importante es la espiritualidad, ¿viste?) manda.
Aquél pobrecito lisiado, sin embargo, tan lejos del ideal olímpico de los ídolos populares que habitan en posters y remeras, golpeando suavemente las teclas del piano con sus manos frágiles, se puso a cantar una canción llamada New Town, con una humanidad tan aparentemente inalcanzable, tan transformadora (al menos para mí), que ambos nos quedamos estupefactos, como atacados por una repentina epifanía que nos recordó exactamente cómo y por qué nos gusta la música extraña (a veces triste y difícil de tragar) que usualmente escuchamos.
Tantos años pasaron, ya, de aquella noche, y aún me emociona recordarla, con una memoria que le pertenece a mi cuerpo, más que a mi mente, y que todavía vibra con idéntica resonancia, a través de las décadas pasadas y por venir, más allá de las convenciones del tiempo, en esa dimensión profunda desde donde afluye nuestro verdadero propósito de estar vivos.

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