No recuerdo qué edad tenía cuando escuché River por primera vez.
No andaría lejos de los veinte, supongo (ya existía Internet, pero todavía no estaba llena de fotos de gatitos con bigotes hitlerianos, ni de sitios de descargas ilegales, sólo de pornografía y buenas intenciones, como corresponde a todo medio masivo de intercambio de información, por una cuestión de decencia común, digamos).
Sí recuerdo que era una edad a la que comenzaba un viaje. Delante mío se ramificaban varios caminos y conciente o inconcientemente elegí el mío (es fascinante descubrir, con el transcurso de los años, hasta qué punto uno ignora que determinadas decisiones tienen el vicio obstinado de la permanencia, y cómo).
El camino que elegí era oscuro y conducía hacia adentro, como un túnel, como en el libro de Sábato. Y yo me sentía, sí, íntimamente y no tanto, como aquél pintor de ventanitas (¡Vamos, tenía veinte años, exijo que se respete retroactivamente mi derecho al romanticismo, Señor Juez!).
Lo único que podía hacer, en esa oscuridad (o esa era mi impresión en aquél entonces, cuando en realidad estaba perdiendo el tiempo, regalándole preciosos años de juventud a la inercia, pero no me culpen a mí, culpen a mis padres o a la Generación X, que para eso existe el psicoanálisis), era sentarme a escuchar canciones tristes hasta que, tarde o temprano, llegara la luz (que siempre llega al final de la noche, mis amigos, como ha cantado George Harrison, ya arribando, él mismo, al final de su propia noche, esa sombra larga de cancerbero bifronte que fueron Lennon y McCartney).
Aún hoy, bastante lejos de esa oscuridad, River me recuerda que yo también, un día, le enseñé a volar a mis pies y me fui a la mierda, sin río sobre el cual patinar (lo cual es bueno, porque no sé patinar, ni tengo la suficiente coordinación para mucho más que estar tipeando esta nota y recordar inhalar y exhalar al mismo tiempo, aunque ni siquiera descarto la posibilidad de que acaso olvide cómo hacer eso también y muera aquí mismo, indignamente, con la frente llena de qwertyasdfgzxcvb), pero igualmente llevándome a mí mismo en andas, como Joni Mitchell: mujer, brillante, sensible, se ha llevado en andas a lo largo de una carrera extensa y admirable en un medio que, por contraste, tiende a ser misógino, opaco y cínico.

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