Es más usual tener presente a Lou Reed como el crooner de los travestis, los adictos y los vampiros en general (me lo imagino, como un Bela Lugosi de nariz hebrea, parado en medio de una de las LewisCarroll-escas sesiones de la Exploding Plastic Inevitable de Andy Warhol, invocándolos: vengan a mí, criaturas de la noche). Lo más común es representárnoslo mentalmente en ese período de su vida, como un personaje áspero, provocador, ególatra; hasta físicamente repulsivo (y no es que uno sea James Fucking Dean pero...), como en esa época durante la cual subía al escenario a emitir gruñidos, decía en entrevistas que había probado todo, que ya no cogía y ni siquiera se le paraba y, en fin, cuando estaba tan zarpado de todo que tranquilamente habría podido decirse que eran los vicios los adictos a él, más que a la inversa.
Lou Reed: il morto qui parla.
Esa efigie de pelo oxigenado, campera de cuero y anteojos Ray Ban es la que les vende posters y remeras a los chicos de clase media acomodada que se mueren por probar su primera línea de cocaína y/o por vestirse con ropas tradicionalmente asignadas al otro sexo, mientras escuchan Transformer por trillonésima vez, creyendo así molestar a sus padres, pero bueno, no tanto, sólo un poco, hasta que llegue el final del mes y necesiten dinero para (tú sabes) comprar droguitas de moda, discos de vinilo, pantalones caros con aspecto de pantalones baratos y poder pagar las clases de meditación trascendental y la escuela de cine a la que ya casi nunca asisten, porque están demasiado ocupados tratando de parecer gente copada y riéndose, como primates en sus modernas cuevas forradas de libros importados (que nunca leyeron ni leerán), de la gente que está demasiado ocupada tratando de parecer gente copada.
El fulano que estuvo de turista en el Lado Salvaje y todo lo que te trajo fue una mísera remera, en resumidas cuentas, es el que paga la boleta de la luz en la Residencia Reed-Anderson (ojo: es cara la vida en New York).
Al pensar esto, me viene a la mente mi poema favorito de Charles Bukowski, en el que se queja de que hay un pájaro, que canta muy bonito y blah, blah, blah, que vive dentro de su corazón y, si él lo dejara libre, provocaría una baja en las ventas de sus libros en Europa, así que prefiere acallarlo con whisky y humo de cigarrillos y dejarlo ahí dentro, ensordinado, escondido de las putas y los cajeros de supermercado, y dejarlo salir apenas un ratito cada noche, lo suficiente como para que no muera.
Lou Reed sufre de una aflicción similar.
Dentro de su corazón negro y acorazado (hecho de tachas y cuero que brilla entre las sombras, como las botas de la Mistress de Venus in Furs) tiene encerrado (pero bien escondido, debajo de todas las capas de feedback de Metal Machine Music, que se yerguen, infectadas de ruido, como los mismos tentáculos de Cthulhu, y del sonido, casi intolerable y casi divino, de la viola eléctrica de John Cale, que solía hacer que los echen de los bares donde tocaban cuando ambos militaban en ese burlesque oscuro que fue The Velvet Underground), a un compositor sensible y laborioso, que escribió algunas de las canciones de amor y amistad más sentidas y genuinas y conmovedoras de la historia de las canciones de amor (y chúpense esa mandarina Gerry Goffin, Carole King, Hal David y Burt Bacharach) y solamente lo deja salir de su confinamiento cuando es estrictamente necesario.
Por ejemplo: para poder cantar I love you.
Entonces hay que pararse en un rincón del patio a esperar. Quietos, en contra del viento, sin hacer ruido.
Esperar, solamente eso.
Dejar que llegue, como esas esencias de mujer que volvían loco a Jean Baptiste Grenouille, lo que se esconde detrás de lo que se esconde detrás de lo que se esconde detrás de la apariencia cínica, infranqueable de Lou Reed, que en el fondo es un hombre bueno y sensible que tuvo una vida demasiado rara y unas compañías demasiado dudosas, las cuales, como canta Charly García, le hicieron bien como le hicieron mal; lo hicieron odiar, querer y más.
Dentro de su corazón negro y acorazado (hecho de tachas y cuero que brilla entre las sombras, como las botas de la Mistress de Venus in Furs) tiene encerrado (pero bien escondido, debajo de todas las capas de feedback de Metal Machine Music, que se yerguen, infectadas de ruido, como los mismos tentáculos de Cthulhu, y del sonido, casi intolerable y casi divino, de la viola eléctrica de John Cale, que solía hacer que los echen de los bares donde tocaban cuando ambos militaban en ese burlesque oscuro que fue The Velvet Underground), a un compositor sensible y laborioso, que escribió algunas de las canciones de amor y amistad más sentidas y genuinas y conmovedoras de la historia de las canciones de amor (y chúpense esa mandarina Gerry Goffin, Carole King, Hal David y Burt Bacharach) y solamente lo deja salir de su confinamiento cuando es estrictamente necesario.
Por ejemplo: para poder cantar I love you.
Entonces hay que pararse en un rincón del patio a esperar. Quietos, en contra del viento, sin hacer ruido.
Esperar, solamente eso.
Dejar que llegue, como esas esencias de mujer que volvían loco a Jean Baptiste Grenouille, lo que se esconde detrás de lo que se esconde detrás de lo que se esconde detrás de la apariencia cínica, infranqueable de Lou Reed, que en el fondo es un hombre bueno y sensible que tuvo una vida demasiado rara y unas compañías demasiado dudosas, las cuales, como canta Charly García, le hicieron bien como le hicieron mal; lo hicieron odiar, querer y más.

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