"Oh, Lassie, es como un mal viaje de ácido", dice el estribillo.
No, no señor.
Es como un buen viaje de ácido, auspiciado por la (a esta altura, incalculable) influencia demencial de Pixies, pero sin tufo a banda homenaje, ojo, sin caer en la búsqueda del GPS con el mapa que conduzca al legendario caldero al final del arcoiris lisérgico en donde Black Francis se emborrachaba de sus Doolittles y sus Bossanovas en aquél entonces, en aquellos buenos, viejos días (escribo "aquellos buenos, viejos días", por hacerme el chistoso, aunque soy un fundamentalista de "mañana es mejor", de hecho, si lo soy de algo).
Apologies to insect life es un Renault 12 en llamas que viaja sobre las ruedas de un bajo distorsionado a más no poder, a ciento veinte, a "lo que de", y sobre la urgencia de la banda por tocar un tema que viva aprisa, que muera joven y que deje un cadáver atractivo sobre el cual bailar.
Pero bailar sin la geometría redundante del paso de danza, como se baila esto, poseídos en un rapto de rabia protoepiléptica (igual que baila el mar con los delfines, excepto que el mar es un manicomio y los delfines son un grupo de esquizofrénicos que se saltearon su medicación durante el último año), plenamente entregados al ritual de sacarnos la imbecilidad del cuerpo a puro sacudón, hasta que nos duela la cintura y los huesos nos crujan de manera poco auspiciosa y sintamos lo que cualquier persona de bien debiera esperar sentir en presencia del rock bien tocado (que no es lo mismo que decir correctamente ejecutado): elevación, motherfuckers.
Yo desconfío del rock tocado prolijamente.
Desconfío del control escrupuloso que un artista pueda ejercer sobre algo tan necesariamente indomable como debiera ser el rock, aunque ya sabemos, ya sabemos: hace años que al rock lo han domado (y dopado) y le han puesto moñitos con purpurina en el pelo y lo han estacionado al frente de las grandes cadenas de supermercados para que los hijos de los otrora hippies, punks y rockers devenidos en yuppies (o aspirantes a) puedan sacarse fotos con él y comprar cualquiera de las remeras de su extenso catálogo en oferta de dos al módico precio de tu alma, y si agregás el culo te llevás una foto autografiada por tu suicidado (por la sociedad o por una escopeta) favorito.
No obstante lo cual, en bandas como British Sea Power hay brasas del rock que todavía arden, y un brillo que se le puede ver en los ojitos a la bestezuela domada, mientras urde el plan de mearle bien meados los zapatos a Chris Martin, a la primera de cambio.
Y es por esto mismo que me gusta tanto esta canción, porque me invita a descontrolarme y me hace hervir la sangre y me hace mover la cabeza como un tarado ante la mirada atónita de los otros pasajeros del subte, tren o colectivo, sin que me importe y sin poder evitar hacerlo, aunque me importara, porque para algunas personas la música es una compañía, pero para otras personas es un combustible elemental de la vida y al carajo si los demás piensan que uno está loco (no lo estamos: es sólo una manera de actuar), si al fin y al cabo todos estamos enfermos de algo, con la diferencia de que algunos ya tenemos el diagnóstico y otros todavía están esperándolo.
Es como un buen viaje de ácido, auspiciado por la (a esta altura, incalculable) influencia demencial de Pixies, pero sin tufo a banda homenaje, ojo, sin caer en la búsqueda del GPS con el mapa que conduzca al legendario caldero al final del arcoiris lisérgico en donde Black Francis se emborrachaba de sus Doolittles y sus Bossanovas en aquél entonces, en aquellos buenos, viejos días (escribo "aquellos buenos, viejos días", por hacerme el chistoso, aunque soy un fundamentalista de "mañana es mejor", de hecho, si lo soy de algo).
Apologies to insect life es un Renault 12 en llamas que viaja sobre las ruedas de un bajo distorsionado a más no poder, a ciento veinte, a "lo que de", y sobre la urgencia de la banda por tocar un tema que viva aprisa, que muera joven y que deje un cadáver atractivo sobre el cual bailar.
Pero bailar sin la geometría redundante del paso de danza, como se baila esto, poseídos en un rapto de rabia protoepiléptica (igual que baila el mar con los delfines, excepto que el mar es un manicomio y los delfines son un grupo de esquizofrénicos que se saltearon su medicación durante el último año), plenamente entregados al ritual de sacarnos la imbecilidad del cuerpo a puro sacudón, hasta que nos duela la cintura y los huesos nos crujan de manera poco auspiciosa y sintamos lo que cualquier persona de bien debiera esperar sentir en presencia del rock bien tocado (que no es lo mismo que decir correctamente ejecutado): elevación, motherfuckers.
Yo desconfío del rock tocado prolijamente.
Desconfío del control escrupuloso que un artista pueda ejercer sobre algo tan necesariamente indomable como debiera ser el rock, aunque ya sabemos, ya sabemos: hace años que al rock lo han domado (y dopado) y le han puesto moñitos con purpurina en el pelo y lo han estacionado al frente de las grandes cadenas de supermercados para que los hijos de los otrora hippies, punks y rockers devenidos en yuppies (o aspirantes a) puedan sacarse fotos con él y comprar cualquiera de las remeras de su extenso catálogo en oferta de dos al módico precio de tu alma, y si agregás el culo te llevás una foto autografiada por tu suicidado (por la sociedad o por una escopeta) favorito.
No obstante lo cual, en bandas como British Sea Power hay brasas del rock que todavía arden, y un brillo que se le puede ver en los ojitos a la bestezuela domada, mientras urde el plan de mearle bien meados los zapatos a Chris Martin, a la primera de cambio.
Y es por esto mismo que me gusta tanto esta canción, porque me invita a descontrolarme y me hace hervir la sangre y me hace mover la cabeza como un tarado ante la mirada atónita de los otros pasajeros del subte, tren o colectivo, sin que me importe y sin poder evitar hacerlo, aunque me importara, porque para algunas personas la música es una compañía, pero para otras personas es un combustible elemental de la vida y al carajo si los demás piensan que uno está loco (no lo estamos: es sólo una manera de actuar), si al fin y al cabo todos estamos enfermos de algo, con la diferencia de que algunos ya tenemos el diagnóstico y otros todavía están esperándolo.

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