Pensaba comenzar a escribir este artículo referiéndome a la influencia de The Velvet Underground en la música de Belle & Sebastian, cuando noté que un error de tipeo me había llevado a escribir The Velvet Under-go-round, lo cual me parece un lapsus fantástico, que quisiera interpretar como un rapto de genialidad, pero que la falsa modestia adquirida por yours truly durante más de tres décadas de apabullante educación impartida por una sociedad predominantemente Católica me impide atribuir a cualquier otra causa, excepto a la torpeza de mis propios dedos flacos y largos y prácticamente atrofiados por el uso repetido del teclado y el abuso repetido de la guitarra eléctrica.
En todo caso, no está mal eso de Under-go-round, que además de sonar como la pronunciación estereotipada en Inglés de un señor o señorita provenientes del Japón, también suena como si uno dijera Merry-go-round (que significa: calesita) y trae a la mente las idas y vueltas del under (a veces no tan under, se los concedo, o no siempre), en andas de una cierta intención (indefinible, tal vez decididamente borrosa, pero llamémosle noble, por qué no), como en este caso, que va y viene sobre los rieles de mi analogía, a través de tres décadas y un buen puñado de canciones hermosas.
The Fox in the Snow es el ejemplo más refinado (detallado) de lo que uno puede esperar de los primeros discos de Belle & Sebastian (lo que el método científico llamaría una "muestra representativa", digamos).
La definición estética (y por qué no: ética) de la canción se puede hallar primordialmente en una cierta sensación de fragilidad. La sensación de que cada uno de los elementos autónomos que se van ensamblando para constituir el tema es de factura delicada, hasta volátil: apenas pulsadas las teclas del piano; la batería, ejecutada como si las escobillas no debieran hacer más que el menor contacto posible con el tiento de los parches; la voz que susurra una historia que debe ser susurrada, que no puede cantarse, ni siquiera ser dicha en voz muy alta, por miedo a que, en tal caso, toda la canción fuera a desplomarse como un castillo de naipes.
Esta delicadeza resulta casi un rasgo místico, además.
Estoy bastante seguro de que, para aquellos de nosotros que no creemos en Dios, la belleza (en este caso la belleza de una obra artística) debe ser uno de los reemplazos más eficaces para la humildad y el auténtico regocijo que, se me ocurre, un creyente ha de sentir en presencia de aquello que percibe como una manifestación inequívoca de lo divino, y así como algunas personas buscan a Dios como una entidad literal e individual, habemos quienes lo buscamos en una idea conceptual, que a veces es la idea de la melodía perfecta, como Santo Grial de todo buen melómano.
Nuestra búsqueda laica también es, como la búsqueda mística de los creyentes, la búsqueda (absurda e inconducente, sí, igual que toda búsqueda dogmática, pero eso no viene al caso en lo más mínimo, porque un auténtico cruzado busca para buscar, no para encontrar) de aquello que nos redima en el hecho de su sola existencia, como una poderosa epifanía transformadora, como un bautismo en música (¿y por qué no?), en vez de en agua.
Tristemente, the Fox in the Snow no es, y aquí me hallo ante la antipática obligación de serles honesto, como ha dicho aquél entrenador de fútbol de los pantalones a la altura de la nuez de Adán, no es, digo, la melodía perfecta, melodía-Dios, que nos redima con su sola existencia (y acaso ninguna melodía lo sea, aunque no por eso abandonemos nuestra cruzada), pero si, de hecho, como dice el autor en otra de las canciones del disco, lo único que él pretendía era cantar la canción más triste, para que la cantáramos junto a él, y así sentirse un poco mejor, entonces: enhorabuena, lo ha logrado.
The Fox in the Snow es el ejemplo más refinado (detallado) de lo que uno puede esperar de los primeros discos de Belle & Sebastian (lo que el método científico llamaría una "muestra representativa", digamos).
La definición estética (y por qué no: ética) de la canción se puede hallar primordialmente en una cierta sensación de fragilidad. La sensación de que cada uno de los elementos autónomos que se van ensamblando para constituir el tema es de factura delicada, hasta volátil: apenas pulsadas las teclas del piano; la batería, ejecutada como si las escobillas no debieran hacer más que el menor contacto posible con el tiento de los parches; la voz que susurra una historia que debe ser susurrada, que no puede cantarse, ni siquiera ser dicha en voz muy alta, por miedo a que, en tal caso, toda la canción fuera a desplomarse como un castillo de naipes.
Esta delicadeza resulta casi un rasgo místico, además.
Estoy bastante seguro de que, para aquellos de nosotros que no creemos en Dios, la belleza (en este caso la belleza de una obra artística) debe ser uno de los reemplazos más eficaces para la humildad y el auténtico regocijo que, se me ocurre, un creyente ha de sentir en presencia de aquello que percibe como una manifestación inequívoca de lo divino, y así como algunas personas buscan a Dios como una entidad literal e individual, habemos quienes lo buscamos en una idea conceptual, que a veces es la idea de la melodía perfecta, como Santo Grial de todo buen melómano.
Nuestra búsqueda laica también es, como la búsqueda mística de los creyentes, la búsqueda (absurda e inconducente, sí, igual que toda búsqueda dogmática, pero eso no viene al caso en lo más mínimo, porque un auténtico cruzado busca para buscar, no para encontrar) de aquello que nos redima en el hecho de su sola existencia, como una poderosa epifanía transformadora, como un bautismo en música (¿y por qué no?), en vez de en agua.
Tristemente, the Fox in the Snow no es, y aquí me hallo ante la antipática obligación de serles honesto, como ha dicho aquél entrenador de fútbol de los pantalones a la altura de la nuez de Adán, no es, digo, la melodía perfecta, melodía-Dios, que nos redima con su sola existencia (y acaso ninguna melodía lo sea, aunque no por eso abandonemos nuestra cruzada), pero si, de hecho, como dice el autor en otra de las canciones del disco, lo único que él pretendía era cantar la canción más triste, para que la cantáramos junto a él, y así sentirse un poco mejor, entonces: enhorabuena, lo ha logrado.

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