Recuerdo que mi queridísimo amigo Lucas me dijo, alguna vez, en algún recreo de la Escuela de Educación Técnica Número 2 (vórtice de testosterona, templo de los eones malgastados frente a la indomable terquedad de un torno o de más de un tablero eléctrico prestidigitado para hacer saltar los tapones del colegio y ganarnos, así, alguna que otra hora libre), cuando ya empezábamos a ser melómanos, pero sin tener demasiada idea de ello, ni saber que estábamos comenzando a gestar algo que marcaría tanto nuestra identidad en el futuro (mucho más que las leyes de Kirchoff y la composición de los ácidos y los alcoholes), que Bruce Springsteen no sostenía la guitarra como un guitarrista, sino más bien como un carnicero.
Lo dijo de manera elogiosa y los dos lo entendimos así; estaba claro que ser carnicero nos resultaba una ocupación tanto o más digna que estrella de rock, en una época en la que se nos había presentado elegir entre las camisas leñadoras y las cabelleras largas con brillitos y spray, y habíamos elegido las primeras, con toda seguridad.
Bruce también había elegido algo parecido, pero muchísimos años antes del primer chan-cha-nan de Smells Like Teen Spirit que nos tocó a nosotros como estandarte generacional (o acaso nos eligió como el suyo).
Veinte años después (año más, año menos), aún no se me ocurre una manera más acertada para definir el estilo de Springsteen, excepto, tal vez, agregar que no sólo empuña su Fender como un carnicero; también como un operario de fábrica metalúrgica, y como un plomero; como un cartero que se caga de calor durante los veranos densos de New Jersey, de Harlem o de Queens; como un cajero de supermercado que trabaja veinticinco horas diarias para ayudar a pagar la hipoteca de la casa que sus padres ya no pueden pagar; como un dependiente de estación de servicio, con su trapito reglamentario colgando del bolsillo trasero del jean (como la gorrita roja en la tapa de Born In The USA, y no es casualidad que precisamente esa foto ilustre precisamente ese disco) y como todos los representantes de la clase trabajadora hechos Telecaster y armónica y esas cuerdas vocales deshilachadas, siempre a punto de romperse, si eso es lo que hace falta para poder prestarle su voz a su querido Estados Unidos, que no es el de Nixon, Cheney y Rumsfeld, ni el del afroamericano apócrifo Obama, ni el de las guerras corporativas, sino el del John Doe (Juan Pérez) que se arruina los dedos ajustando tuercas a los Mustangs de otra gente en un taller de Oklahoma, para pagarle la Universidad al John Doe Jr. (Juan Pérez H.) que tiene de hijo, como hicieron más de tres de nuestros antepasados, muchos kilómetros al Sur de las tierras del águila calva y el tocino con huevos (coma en Joe's).
Nebraska es uno de los mejores ejemplos del Springsteen que más me gusta, porque lo entiendo, no desde el entendimiento superficial de la cabeza, sino desde un lugar que está muchos kilómetros por debajo de mis huesos, en la cultura colectiva de la clase social que heredé de mis padres, que me enorgullece y contra la cual reniego, como sucede con todo lo bueno que uno hereda de sus padres.
En el caso de Highway Patrolman, de hecho, Springsteen se pone la gorra y el uniforme azul para contar (en primera persona, como hemos acordado que es su estilo, según el paupérrimo y decididamente innecesario ensayo sociopolítico que acabo de hacerles leer, queridos y maltratados lectores) la historia de un patrullero de pueblo chico, cuyo hermano es un tiro al aire (pero es su hermano, al fin y al cabo) y, según lo entiende el patrullero Joe: su responsabilidad.
Pero la historia de hermano bueno y hermano malo es también la historia de la división del yo y de lo difícil que es hacer lo correcto, aún sabiendo qué es lo correcto, que no siempre es el caso.
En Highway Patrolman, Springsteen nos cuenta, sí, las aventuras y desventuras de Joe Roberts y de su hermano Franky en las rutas, los bares y las hosterías de Nebraska (que no es sólo Nebraska; es más bien Smallville o Springfield, un pueblito genérico, todos los pueblitos genéricos), pero tanto nos cuenta eso cuanto nos cuenta, en realidad, la historia de Bruce Springsteen (el que quisiera ser) tratando de enderezar los caminos torcidos de Bruce Springsteen (el que realmente es), con la vuelta de tuerca, casi M. Night Shayamalanesca, si me permiten, de que Bruce es los dos, inevitablemente, y también es todos nosotros, sus oyentes, huyendo del patrullero de nosotros mismos para poder cometer nuestros errores favoritos en paz.

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