16/7/13

"Race for the prize", The Flaming Lips (Del disco: "The Soft Bulletin" - 1999).


Al frente de la vanguardia, donde la presión es demasiada; bajo el microscopio, apoyándose mutuamente en sus esperanzas.

Race for the Prize by The Flaming Lips on Grooveshark



Los Flaming Lips, para aquellos de ustedes que no hayan tenido la suerte de conocerlos, son un grupo de adefesios mutantes dignos de su propia serie de Historietas, que además tocan en una banda de rock. 
Wayne Coyne, su Profesor X (a quien daré en llamar Profesor W, de aquí en adelante, solamente porque puedo), es un alma inquieta; un cerebro colectivo para esta banda de forajidos con inconmensurables poderes creativos que te pegan acá, en el medio del marulo, como una explosión de rayos Gamma; un verdadero hombre del renacimiento que ha hecho de todo, de las maneras más inusuales posibles (hasta filmar su propia película de ciencia ficción de Clase B: Christmas in Mars, cuya utilería consiste en tesoros hallados en los basurales de Oklahoma, ciudad natal de Coyne, y creánme que no me alcanzan los dedos, ni las teclas, para acentuar con suficiente justicia el énfasis con el que los conmino, incansables lectores, a ver esta película, que es una excursión al centro mismo del delirio donde el Profesor W y sus Flaming Lips, en persona, actúan una versión alucinada de 2001 en cruza con Solaris en cruza con Ray Bradbury zarpado hasta las cejas de los cartoncitos mágicos de Timothy Leary), y todo lo ha hecho sin repetirse, ni aburrirse (Aparentemente. No es que me lo haya contado en persona, pero le pongo unas cuantas fichas a que es así) y con una energía vital ante la cual es imposible que no caigamos cautivados.
Race For The Prize es una mini sinfonía psicodélica de cuatro minutos de duración que relata los entretelones de dos científicos, empeñados en encontrar una cura en beneficio de toda la humanidad, aunque les cueste sus vidas. Sin embargo, yo creo que en realidad habla de ellos, del Profesor W y sus mutantes de labios en llamas, experimentando con la vida, con la música y con nuestras orejas (y en especial con ese órgano que se encuentra entre ellas, erróneamente llamado materia gris por alguna gente, ya que ha sido amplia y repetidamente demostrado por engendros de la calaña de los Flaming Lips, capaces de extraerle a la esponja de nuestro cerebro colores que no existen ni en el mejor catálogo de pinturas de Mr. Rothko, que funciona en technicolor), para encontrar una vacuna contra todo embole; el puto antídoto contra todos los males de este mundo, sin ir más lejos, que, con loable empeño, también buscaba el flaco Spinetta.
En ese sentido, se me ocurre que no hay mejor introducción posible que Race for the prize para The Soft Bulletin (tal vez el mejor disco de la banda, aunque no muy por encima de Yoshimi battles the pink robots o At war with the mystics, a mi criterio), como una declaración de principios en la que los músicos nos dijeran: "miren, somos como un grupo de científicos, pero con ropas de colores, luces estroboscópicas y papel picado en vez de microscopios, matrices de Erlenmeyer y guardapolvos de laboratorio; estamos locos, eso es innegable; nuestros métodos son heterodoxos y es muy probable que este viaje los espante hasta el tuétano más hondo de su sensatez, si es que todavía les queda algo de sensatez... pero, en fin, tenemos buenas intenciones y, si les gustó esta canción, lo que sigue les va a encantar."
Y habiendo ensalzado debidamente las virtudes (también clasificables bajo el nombre de "padecimientos patológicos") del loco Profesor W, me gustaría agregar que el guitarrista de la banda, Stephen Drozd, que tiene la capacidad de extraerle tantos y tan variados sonidos a su guitarra como propiedades tiene la planta aloe vera; excéntrico, admitido heroinómano, araña de Marte, si las hay; es el timonel, primer oficial y penúltimo polizón en viaje a Venus que logra que la nave no zozobre bajo el caprichoso comando de su Capitán. 
Drozd es el que condimenta y que dosifica, el encargado de que a todo Yin de Coyne corresponda su debido Yang.
Es famoso que Jack Kerouac ha dicho que las únicas personas que le interesaban eran los locos, locos por vivir, por hablar, por salvarse, deseosos de todo al mismo tiempo, los que nunca bostezan o dicen un lugar común, sino que arden, arden, arden como fabulosos fuegos de artificio que estallan, como si fueran arañas, entre las estrellas. 
A nosotros también, Jack.

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