27/9/13

"I, me, you, I'm your", Jim Noir (Del disco: "Tower of Love" - 2006).


Estoy confundido. Hay palabras que quiero usar, pero ya han sido dichas antes.

I Me You by Jim Noir on Grooveshark



Había escrito casi media crónica (muchas palabras, no sé cuántas palabras; sé que los escritores de verdad trafican en cantidad de palabras, pero nunca aprendí a decodificar del todo las tasas de cambio de la literatura) para esta entrada, y me había quedad un artículo sobrecargado de filosofía de fonda, sinceramente abominable, desde cualquier punto de vista, en el cual hablaba acerca de la vida, acerca de la solemnidad y la trascendencia, y hasta acerca del jamón en un metafórico sandwich hecho de tiempo (sí, les juro, ni pregunten).
Hablaba (¡por el amor de Roy Fokker y de todos los santos del cielo Macross!), de "los tiempos que corren". 

¡Los tiempos que corren! 
En el Infierno debería haber un círculo reservado con exclusividad para los que hablan de "los tiempos que corren", y no admito la menor discusión al respecto.
Pero no, no; claro que no, de ningún modo; para bien de todos y para mal de ninguno, como más o menos dice Fierro, he decidido evitarles lo evitable, queridos lectores y lectoras, y a mí, evitarme el desagrado de tener que leer, en un futuro momento de distopía, a causa de eso mismo, algo que me avergüence haber escrito (cosa que ya me sucede con antipática frecuencia, para serles honesto).
No sé, todos tenemos esos días, supongo. 
Pero, ahora que intento escribir una crónica decente para esta canción, me doy cuenta de que, además de haberme encontrado embarrado hasta el cuello en un pantano pletórico (+10 bonus por uso de palabra difícil que a nadie le importa) de desinspiración (+100 bonus por inventar palabra que, seamos buenos, debiera existir y, sin embargo, no existe), la verdad es que no tengo mucho para decir acerca de la música de Jim Noir, que no es, de ningún modo, música para ser dicha, sino para ser escuchada y bailada y absorbida a través de los poros, como una toxina benévola. 
Es música cuyo destino óptimo sea acaso el destino de suceder con la naturalidad con la que a veces nos puede abarcar un súbito optimismo, alguna mañana; un optimismo desubicado, seguramente, pero indeleble, vaya uno a saber por qué y sin que realmente importe por qué, como prolijas líneas de Letraset (ah, querido y aborrecido Industrial, colegio de varones: gracias por tanto conocimiento inútil para mi vida) en la plaqueta eléctrica del cerebro.
I, me, you, I'm your es (cosa que parece simple y es tremendamente compleja) una canción pop pegadiza y memorable, como un suculento trozo de carne (o un rico choclo dentado de granos amarillos, para aquellos de ustedes que sufran -¡es broma!- de vegetarianismo) salido del guiso de armonías de los Beach Boys y sazonado con el corazoncito electrónico de Kraftwerk, que tan generosamente ha nutrido de inventiva psicodélica a numerosos artistas, particularmente británicos, durante los 90's y 00's; desde Blur hasta High Llamas, pasando por The Bees, The Beta Band y alcanzando su pico, tal vez, en los Super Furry Animals, de quienes seguramente les hablaré en un próximo artículo.
Dénle play a Jim y déjense llevar.

23/9/13

"Ramble on", Led Zeppelin (Del disco: "II" - 1969).


Divagando. El tiempo de cantar mi canción es ahora.

Ramble On by Led Zeppelin on Grooveshark



Podría empezar esta crónica diciendo que Ramble on es la mejor canción jamás escrita. 
¡Ok, ok! ¡Ok!
Pero, ¿no les pasa, a veces? Algunas canciones tienen el poder de anular el resto del mundo, mientras suenan, como un viento atómico que arrastra todo el puto universo, que arrasa hasta con el más pequeño de sus pequeños átomos y se lleva todo aquello hacia las misteriosas y exóticas tierras de "not my fucking problem right now" (como leía hace unos días por ahí, en esa, justamente, vasta tierra de "not my fucking problem right now" que es Internet, excepto, naturalmente, por las campañas de concientización que salvan la vida de miles de cobayos albinos en peligro de extinción y derrocan a docenas de brutales gobiernos totalitarios, año tras año).

Lo que distingue a Ramble on, en particular, es que tiene todo lo bueno de Led Zeppelin, y nada de lo malo (eh... tal vez la letra, um, en fin... se sabe: las letras de Plant, etc, pero ya hablaré de eso, aunque brevemente, más adelante), porque es un tema construido en beneficio de sí mismo y no para que se luzcan sus ejecutantes, como suele suceder, con desafortunada frecuencia, más adelante en la carrera de Zep.
Si tuviera que hacer hincapié, de modo objetivo (claro que objetivo son los padres, así que digamos que con la menor subjetividad posible, lo cual probablemente tampoco significa demasiado y creo que perdí el hilo de este paréntesis, así que voy a cerrarlo sin demora) en un aspecto fundamental del tema, supongo que tendría que centrar mi crónica en la línea de bajo, a cargo de John Paul Jones, quien, como su tocayo de apellido: Brian, en los Stones, y como tantos otros mágicos Magos de Oz, Oz, Oz de la historia del Rock, suelen quedarse detrás de gruesas cortinas desde donde ejercer su genialidad sin distracciones, a una distancia prudencial de los egos y el carisma de los considerados líderes de la banda, cuyos movimientos cargados de sexualidad, sus hirsutos torsos blancos detrás de camisas demasiado pequeñas, sus indomables cabelleras largas y el sugestivo movimiento de los mástiles de sus guitarras emulando... bueno, no necesito aclarar qué es lo que emulan, a menudo distraen al espectador del hecho de que la línea de bajo es prácticamente el alma de una buena canción, e incluso un alma perfectamente constatable, a diferencia del alma en su acepción teológica (ese vapor volátil con forma de Gasparín, el Fantasma Amigable, en el mejor de los casos).
Sin embargo, lo que más me gusta de Ramble On, aparte del bajo impecable, es el primer solo de guitarra, que se construye en base a una melodía simple y armoniosa, sin pirotecnia, sin los pifies eruditos de Page, que están bien en otras canciones pero no acá, con una austeridad digna de George Harrison o del Hendrix de los discos (no el Hendrix endemoniado de los conciertos, obviamente); un solo que fluye naturalmente sobre el, y aquí viene otro de los puntos fuertes del tema, sobre el golpeteo delicado de la percusión de Bonzo, quien además de ser capaz de maltratar los parches con la fuerza de Thor blandiendo su martillo Mjolnir, también ha sido un percusionista con la capacidad de configurar 
ritmos exquisitamente delicados, con sus bruscas manos de clase trabajadora británica, al menos durante las partes del tema cuya dinámica así lo requiere.
Luego, cuando la canción se hace rock, entonces sí, Mjolnir retumba, preñado de la magia de Odín, con todo el poder del trueno, en unísono con la voz poderosa y andrógina de Plant, cargada de emoción en un rango imposible, capaz de conducirnos por las narices (como conducía al junky irredimible de Popeye el aroma de sus espinacas alucinógenas) con la maestría suficiente como para permitirnos ignorar que la letra del tema es un torpe préstamo mendigado a la pluma de J.R.R. (¿Hacen falta tantas iniciales?) Tolkien, y nos entreguemos a un 
viaje polirrítmico perfecto

20/9/13

"Ant Farm", Eels (Del disco: "Electro-Shock Blues" - 1998.


Siento, en el corazón, la triste necesidad de pertenecer.

Ant Farm by Eels on Grooveshark


No estoy al tanto de la estadística (aunque, si hay una característica que me define, por sobre las otras, es que nunca estoy al tanto de la estadística, ni de nada, en realidad; apenas si estoy al tanto de que arriba es arriba, abajo es abajo y la izquierda es el lado donde va el reloj, y pobre de mí si me olvido de ponerme el reloj) pero, decía, que no obstante no estar al tanto de la estadística, no creo que haya muchas canciones de amor cuya letra empiece diciendo "odio un montón de cosas".
Claro que su intérprete luego dice que también ama algunas pocas cosas y que vos sos una de ellas (bueno, no, vos no, alguien más, a quien se refiere en la segunda persona del singular, tampoco te hagas ilusiones), pero para entonces ya está tendida la trampa poética y ya caímos como unos caballos, querido lector, querida lectora, y en definitiva, si no dijera que te ama (¡no, a vos no, creo haber sido claro, por favor no insistas!) no sería una canción de amor.

Dentro del denso espacio de melancolía que es el disco Electro-Shock Blues, sin embargo, concebido desde una posición brutalmente autobiográfica (a diferencia del disco debut de Eels: Beautiful Freak, del año 1996), un disco que Mr. E (A.K.A. Mark Oliver Everett) compuso inspirándose en el suicidio de su hermana, en la muerte de su madre, luego de la larga agonía del cáncer, y en el hecho de ser el último y único sobreviviente de su familia directa (su padre había muerto de un infarto cuando él tenía 19 años), Ant Farm es, por fin, una hendija luminosa a través de la cual asomar la cabeza y respirar un poco de aire saludable.
A todos ya nos han cantado que nos aman en términos absolutos, Homéricos; nos han dicho que sin nosotros las estrellas se caerían y las montañas se caerían y que todo, básicamente, se caería (dicho temor de la ley de gravedad es, por algún motivo, una de las obsesiones recurrentes en ciertos cantantes de amor y me remite a un cartel luminoso gigante con la frase "Llamando al Dr. Freud"). Cuando Paul se pregunta "¿Qué hay de malo con llenar el mundo de canciones de amor?", la respuesta es que esa proliferación simplifica el concepto de amor y lo convierte en una cosa corriente, en un recurso para coger, y puede ser que a mucha gente le funcione eso y que así sean perfectamente dichosos, pero algunos de nosotros preferimos que nos amen en términos mundanos, simples pero honestos, en términos que podamos entender, que nos digan que prefieren estar con nosotros antes que ir a determinado lugar, o que son capaces de aguantarse las ganas de mear para terminar de escuchar lo que estamos contando o, como en este caso, que odian un montón de cosas, pero que nosotros estamos dentro del grupo al que pertenecen las pocas cosas que aman. 
Y a pesar de su temática y al hecho de que las melodías del disco se desarrollan en esa frontera extraña, tal vez un poco macabra, entre la adultez y el infantilismo (en la que también están inscriptas las obras de artistas como Edward Gorey, Syd Barret, Terry Gilliam o Tom Waits, por mencionar apenas un par que me vienen a la mente), Electro-Shock Blues es un disco finalmente optimista, cuyo mensaje de esperanza es lo último que escuchamos en la canción que lo cierra: "Tal vez sea el momento de empezar a vivir".  

17/9/13

"Your daddy's car", The Divine Comedy (Del disco: "Liberation" - 1993).



¿Sentís la tristeza de nuestro amor? Es la única clase de amor que merecemos.

Your Daddy's Car by The Divine Comedy on Grooveshark



Hubo un efímero momento de reconocimiento para The Divine Comedy, el proyecto musical de Neil Hannon, allá por el año 1998, cuando el tema National Express sonaba bastante seguido en la rotación de las radios de rock (¡Ah, aquellos viejos tiempos, cuando los intesticios que quedaban entre publicidad y publicidad eran lo suficientemente largos como para que las radios comerciales aún pasaran algo de música!). No obstante, y sin, por ello, dejar de ser una gran canción, National Express, en su condición de canción pop, upbeat (me cuesta la traducción de esta palabra, no tanto por precariedad de mi Inglés, sino porque me rehúso a usar palabras como "animada", "alegre" u "optimista", que ni siquiera empiezan a acercarse a todas las posibles connotaciones de "upbeat"), pegadiza (en un punto, cercana, musical y cronológicamente, a la época Parklife/Great Escape de Blur, que tanto terminó por odiar el propio Graham Coxon y que seguramente ya odiaría Neil Hannon en ese momento, mientras sucedía), es probablemente una de las canciones menos representativas de la fértil carrera discográfica del norirlandés, que oscila entre la épica Wagneriana de los primeros discos de Scott Walker (a los que el Flaco Duque Blanco les sacó casi tanto jugo como el mismo Walker le había sacado a la música de Jacques Brel, también en sus comienzos); las baladas con instrumentación clásica, herederas de Bach y de George Martin, como casi todo el resto de la música popular del siglo XX; y la música de vaudeville, descendiente directa del estilo de Kurt Weil y Bertolt Brecht, entre otros, que es el medio perfecto para ejercer la parodia, uno de los recursos literarios favoritos de Hannon.
Your daddy's car, en particular, pertenece al género de baladas con instrumentación clásica y es un tema que bien podría haber sido compuesto por el mejor McCartney, en la mejor época de los Beatles, si McCartney hubiera podido dejar de lado, aunque fuera momentáneamente, su disfraz de hippie políticamente correcto y edulcorante y hubiera cometido, acaso, el desliz de escribir una letra tan melancólica, tan bellamente decadente, como sacada de un libro de Fitzgerald o, mejor, como extrapolada directamente de las vidas del mismo F. Scott y de su querida Zelda, robando un auto y poniéndoselo de sombrero porque sí, porque no tienen nada mejor que hacer, porque el amor que brota de sus locos corazones es un amor triste y no merecen una clase mejor de amor. 
Por supuesto, la canción se burla del aburrimiento de la burguesía, en vez de glorificarlo, pero en todo caso es justo admitir que también las historias acerca de la clase alta pueden ser interesantes, si están bien contadas. Podría remitirme a la viejísima discusión acerca de si el arte tiene la obligación moral de ser político y si el artista tiene una responsabilidad como comunicador social, o si, en realidad, su incursión en dichos terrenos es extranjera y forzada, si la única preocupación del artista es que su arte sea vital, sólo en virtud de sus valores estéticos. 
La dicotomía entre ambas modalidades es absurda, pienso, porque el arte es una entidad sin forma alguna (como el proverbial bloque de granito que adentro contiene todas las estatuas del mundo) y es capaz de convertirse en lo que fuere que quien se expone a su influencia necesita obtener de él, a su propio riesgo, como bien ha dicho aquél otro irlandés, aunque del Sur, Mr. Oscar Wilde (seguramente otra de las influencias de Hannon) en su prefacio a El Retrato de Dorian Grey. 

13/9/13

"Taxman", The Beatles (Del disco: "Revolver" - 1966).



Porque yo soy el recaudador y vos no trabajás para nadie más que para mí.

Taxman by The Beatles - www.musicasparabaixar.org on Grooveshark



Por virtud de acumulación, es estadísticamente posible que no haya manera de escribir algo acerca de los Beatles que no haya sido escrito antes; ya sea con pretendido desapego, con admiración, con sorna, con ternura, en voz baja, susurrando, ámame en cámara len... pero desvarío.  
Digo, entonces, habiéndoles confesado la imposibilidad de que leer mi nota les aporte algo, lo que fuere, que ninguna otra nota les haya aportado antes, que si me animo a escribir (atravesando el inhóspito y vasto páramo de "¿Cómo mierda hago para elegir una sola canción de los Beatles y no arrepentirme de mi elección, como inevitablemente ha de suceder?") es confesándoles que, en esto de ser fan de los Beatles, me considero algo así como un defecto en la cadena evolutiva de dicha raza, porque entiendo, a diferencia de mis correligionarios beatlemaníacos (¿beatlómanos?), lo insoportable que debe ser para el resto (normal) del mundo cruzarse con alguien como yo y cometer el error de solicitar mi opinión acerca de estos cuatro Scousers (nombre que suele darse a los originarios de Liverpool, you're welcome) peludos o, de hecho, cruzarse con alguien como yo y recibir, sin el menor atisbo de una advertencia, un alud de opiniones al respecto, de facto y porque el aire es gratis. 
Y entiendo lo insoportablemente sobrevalorada que está la banda; no, quizás, musicalmente, ni culturalmente, ni tal vez en cuanto a su relevancia social en un determinado contexto histórico, pero sí absolutamente sobrevalorada en el sentido de que casi todo beatlemaníaco (¡o beatlómano!) que he conocido piensa que John, George, Paul, Ringo (y George II y Brian y Pete y Klaus y... todos los involucrados, directa o indirectamente, con ellos cuatro, menos cierta hija del Sol Naciente a quien no necesito nombrar) son la encarnación de la Divinidad hecha flequillo y twang de guitarra y envuelta en ropas generalmente estúpidas (esto lo digo yo; ellos no se animarían a decirlo, aún si lo pensaran, pero no lo piensan), lo cual es, lógicamente, ridículo (casi tanto como sus ropas generalmente estúpidas), en primer lugar porque la Divinidad no existe y en segundo lugar porque la Divinidad no existe. 
Pero, como Micky amaba a Rocky Balboa, asimismo yo amo a esos hijos de perra. 
Creo que compusieron unas cuantas de las mejores canciones que escuché en mi vida y sé que son, además, una especie de big bang de sonido detrás del ruido blanco de mis ideas, ocupas en la casa tomada de mi mente, o como la metástasis de una enfermedad benigna (o no, quién sabe) a través de una parte de mi percepción cuyo componente esencial es la música de los Beatles, del mismo modo que como toda la vida en la Tierra está basada en el carbono.
Y si los Beatles son mi Big Bang, Revolver es el de ellos. 
Taxman es la primera canción (rara, piensen que es el año 1966) de un disco raro, de una banda que no se suponía que fuera rara, en ese momento, apenas lo suficientemente excéntricos como para vender lámparas y llaveros y, ah, sí, esa cosa redonda que se usa para, um... ah, discos, sí, eso. 
Quiero decir... tal vez los Beatles ya habían empezado a experimentar, tímidamente, desde Rubber Soul, con algunos otros de sus costados artísticos (la tapa de Rubber Soul, en sí, es casi más experimental que, en general, su contenido) y sin duda su música, que siempre fue buenísima, ya era, además, un poquito más interesante, desde un punto de vista literario, que el simple recurso de marketing de repetir variantes de: yo te amo, tú me amas, todos nos amamos, tomados de las manos, sí, sí, sí, woo. 
Pero Revolver es un disco hermosamente desprolijo (bueno, casi todo, y no gracias a Paul, pongámosle, quien, como canta John amargamente, cuando dice que Sargeant Pepper's lo tomó por sorpresa, siempre estuvo en la suya, en el boludeo y el brillo de las luces y los corazoncitos llenos de bombones, cosa que no condeno, personalmente, o no tanto, aunque este paréntesis pueda parecer todo lo contrario).
"¿Qué carajo es esto?", habrán pensado casi todos, en aquella época, al escuchar esos sonidos raros al principio del disco y esa cuenta trunca de George, que no tiene nada que ver con nada y por eso es tan brillante. Me emociona imaginarme ese desconcierto general y me hermano con aquellos que lo hayan recibido con una alegría confusa, como yo puedo decir que me pasó al escuchar Kid A, que es el Big Bang de Radiohead (los Beatles de mi generación, para bien y para mal, y lo digo sin que se me despeine el jopo y bancando la parada).
Y lo que sucede luego es rock (que es una palabra tan fundamental y tan sobrevalorada como "Beatles", por idénticos motivos); "rock" entendido como una fuerza de empuje que no quiere, ni puede, ni debe ser contenida y estos tipos, finalmente, abriéndole la puerta para dejarla salir del todo (porque ya era hora), tal vez sabiendo, o quizás no, pero seguramente percibiendo alguna señal de que ya no habría vuelta atrás, y aceptando esa inevitabilidad con estoico desdén.

9/9/13

"Something against you", Pixies (Del disco: "Surfer Rosa" - 1988).



Tengo algo contra vos.

Something Against You by Pixies on Grooveshark



Empecemos por el principio, como corresponde: les aviso que, como viene al caso, no voy a dejar escapar la oportunidad de citar el ya célebre: "Vo' so' contra mío", de Alfio "El Coco" Basile, para comenzar esta crónica (creo que no podría volver a mirarme en el espejo, de otro modo).
Ahora, bien, habiéndome sacado ese peso de encima, déjenme que les cuente por qué los Pixies son una banda tan jodidamente buena que, para mí, son una de las tres o cuatro (o seis, o diez, qué carajo importa, seamos buenos) bandas fundamentales de la historia del rock (y de todas esas cosas, que son prácticamente todas las cosas que nos llegan a las orejas y que mandamos, sin ninguna clase de juicio previo, al cajón rotulado como "rock", aquellos de nosotros a quienes nos da paja y nos resulta perfectamente prescindible aprendernos el abismal absurdo, si se me excusa el Lovecraftismo, de las clasificaciones y subclasificaciones de géneros musicales).

Los primeros dos (tal vez tres) discos de Pixies son impecables en un sentido zen (como diría Fabián Casas, aunque tal vez no lo diría de Pixies, no sé, no conozco mucho a Casas) porque nunca cometieron la tontería de tomarse a sí mismos en serio, como irónicamente sí sucedió con montones de bandas de los '90s que han sido profundamente influenciadas por Pixies, empezando, sin repetir y sin soplar, por Nirvana, aunque las ramificaciones alcanzan proporciones insondables. 
Deben ser, junto a los Smiths, la banda más influyente (iba a poner "influencial" y me di cuenta de que tengo que dejar de leer tantas crónicas de rock en Inglés y, preferentemente, aprender a escribir en Castellano, aunque no prometo nada) de toda la década de los 80's y varias cosas los distinguen del resto de la manada (además de, como menciono aquí arriba: no creérsela), entre las cuales me gustaría destacar su virtud de anticonvencionalidad (un escritor nunca debe temer inventar palabras así que, there, fuck it, anticonvencionalidad y que les garúe finito). Me refiero a una cualidad rara y preciosa (para mí) dentro del mundo del rock, un mundo lamentablemente marcado, desde hace años, por la tendencia de sus participantes a componer sus obras artísticas en base a los requerimientos de un mercado preexistente (o a un mercado potencial). Las canciones de Pixies sorprenden. Bueno, puede ser que ahora no sorprendan a nadie, luego de que los hayan "homenajeado" (¿Ven las comillas? Es mi manera de no usar palabras como robo, por ejemplo, que no resultan del todo agradables) repetidamente, y que hayan usado su ADN para crear esa especie de Pixarro (que vendría a ser como el Bizarro de Superman, por si no se entiende la referencia) llamado "rock alternativo" (dentro del cual pueden ser inscriptas las atrocidades de Hootie And The Blowfish como las de Alanis Morisette, pasando por Matchbox 20, Gin Blossoms y los insoportables Rembrandts de la banda de sonido de la serie Friends, que en algún punto de tu pubertad te parece un temazo y luego, ya más grande, te querés matar cada vez que suena el clap-clap-clap-clap).
Puede ser que Pixies hayan tenido, al principio, una considerable libertad artística, derivada de una difusión moderada, como la banda universitaria y under que eran, pero es loable que más adelante en la carrera de la banda, y también durante las carreras de sus solistas con o sin sus bandas respectivas, se hayan mantenido fieles a... bueno, a nada; ni a su público, ni a un estilo, ni a realmente nada, lo cual los hace merecedores de mi respeto, porque no hay nada más triste que una banda que graba una y otra vez el mismo disco, con la probablemente honrosa excepción de AC/DC, aunque... en fin, no me tiren de la lengua (de la pluma).
Something against you es una canción infecciosa y subversiva. Subversiva desde el humor (que es tal vez la actividad más subversiva creada por la mente humana) y subversiva desde la locura de mezclar hardcore con ska con pop con la pelada brillante del gordo Francis, la excéntrica filipinitud (¡ja!) de Joey Santiago, el alcoholismo dandy de David Lovering y la belleza simple y apabullante de la bajista más bonita de la historia de la música (¿Kim Gordon? ¿Melissa Auf der Maur? ¡Pff!).
Déjenme confesarles 
(aunque dudo seriamente de la fibra moral de mis lectores y, por ende, no estoy seguro de si dicha confesión obrará, a futuro, en favor o en contra de mis credenciales, pero por desgracia no sé mentir): nunca probé la cocaína. Pero Something against you se me hace un poco como que debe ser eso, como un golpe de sangre a la cabeza que te hace rebotar contra el Universo como un pinball neuronal y te levanta, te levanta, te levanta a una altura desde la cual te dan unas ganas locas de cagar muy por encima de lo que te da el culo, y nada parece impedírtelo. Y todo esto sin secarte las fosas nasales, ni la billetera.

5/9/13

"In the ghetto", Elvis Presley (Del disco: "From Elvis in Memphis" - 1969).



Mirate vos y mirame a mí. ¿Tan ciegos estamos? ¿O tan solo damos vuelta la cara y miramos para el otro lado?

In the Ghetto by Elvis Presley on Grooveshark



Hay una versión maravillosa de esta canción, a cargo de Nick Cave & The Bad Seeds (que es, de hecho, la primera versión que conocí de In the ghetto y también una de las primeras canciones grabadas por el australiano con los Bad Seeds, luego de la disolución de esa intratable montaña rusa hacia el Averno que fueron los Birthday Party, su banda anterior, que fundó, a principios de los 80's, junto a otro loco de la guerra: Mick Harvey, de quien hablaremos más adelante, a menos que me olvide o que no se me de la gana, como ocurre no pocas veces). 
Contra todo pronóstico, sin embargo, y a pesar de mi declarado amor por todo lo que sea Nick Cave-related (Niqueivesco, por qué no), me gusta más la versión (original) de Elvis, porque me resulta grata la posibilidad de imaginarlo joven y humilde, hundido hasta el hueso en la crudeza invernal de las rutas de los Estados Unidos, que atravesaba en el Ford de la Crown Electric Co (cuando aún no era "Elvis la Pelvis", ni el puto Rey del Rock & Roll, sino apenas el pibe de los Presley, el camionero, el que es tan churro y canta tan bonito en la iglesia), atestiguando de primera mano la pobreza del lado oscuro de los Estados Unidos, invisible para el resto del mundo detrás del fulgor plateado de Lucy, de Bogart, de Ava Gardner y de Grace Kelly; de Marilyn y Joe DiMaggio, porque es más fácil construir nuestras vidas alrededor de lo que es convencional y aceptadamente bello (tal vez lo más fácil del mundo).
In the ghetto, en cambio, cuenta la vida de un niño pobre nacido (en el ghetto, naturalmente) de una madre que, como dice la canción: lo último que necesita es otra boca hambrienta que alimentar. Ese niño crece en la calle. Ese niño se hace delincuente, roba un auto, lo atrapan y (sepan disculpar, susceptibles lectores, el spoiler) lo matan. Y así el relato concluye, no solamente con la muerte del dickensiano personaje principal sino, en simultáneo con su muerte, con el nacimiento de otro niño, en otro lugar del ghetto, llorado por otra pobre madre que piensa cómo va hacer para alimentarlo. Así la serpiente que se muerde la cola: la desigualdad de clases, que alimenta el blues, el gospel, el punk y la cumbia con igual fuerza creativa, en todas partes del mundo, y no es un invento nuevo, ni lo será dentro de cincuenta años, seguramente.
Me gusta mucho que el Elvis que interpreta In the ghetto sea el Elvis decadente del año '69, el Elvis empastillado, ebrio de su propia leyenda, rodeado de televisores, solo en Graceland, de donde solamente salía, hostigado por el olfato mercantil de su manager, el (falso) Coronel Tom Parker, para firmar algunos autógrafos, de tarde, en el portón de su casa/cárcel. Porque ese Elvis podría haberse dedicado a cantarle al amor, a las bombachas, a la llamada Basura Blanca de los trailers, que le hubieran comprado cualquier cosa, si la vendía él. 
La grabación de In the ghetto en el año '69 es un gesto que hallo perfectamente maradoneano, en el más noble sentido del neologismo.
Ambos, Maradona y Presley, tuvieron vidas similares (lucha, ascenso, apogeo y decadencia) pero me refiero a que usualmente Maradona, multimillonario durante la mayor parte de su vida, aún pareciera padecer de una cierta vergüenza de clase que lo hace seguir sintiéndose pueblo, uno más de la clase oprimida. 

Se me ocurre que con Elvis pasaría algo parecido y tal vez él haya sentido recaer en sus hombros (y haya aceptado, supongo que con algún orgullo) la responsabilidad de darles una voz hacia fuera de su pequeño mundo a esas personas comunes y corrientes, a quienes todos miran y nadie realmente ve. 

2/9/13

"Fighting in a sack", The Shins (Del disco: "Chutes too narrow" - 2003).


Pero vas a descubrir que esas voces que permanecen no son más que tu ego, tratando de dejarlo todo limpio y ordenado.

Fighting in a Sack by The Shins on Grooveshark



La música, a pesar de lo que diga el diccionario, no es solamente el arte de combinar los sonidos. 
O sí, bueno, supongamos que lo es (tampoco corresponde que uno se haga el pistola contradiciendo al diccionario), pero la "música" (como concepto puro y duro) no es exactamente lo que uno entiende por "música" (como concepto intangible y subjetivo).
Lo que llamamos música es más bien una suerte de collage que contiene mayormente sonidos, sí, pero que también está compuesto de muchas otras partes dinámicas, las cuales necesitan cierto agente de cohesión (que las una como una Bo-po-li-pi-go-po-ma-pa, por qué no) para no dispersarse. Ese agente, que tiene todo que ver con la interpretación y guarda una relación menor con el proceso compositivo, puede ser llamado vitalidad (y con "puede ser llamado" quiero decir que yo lo llamo vitalidad, porque me sale de los huevos). 
Al respecto, hace poco leía (en el libro: "10 discos del Rock nacional presentados por 10 escritores", compilado por D. Esteras y E. Fanego) un interesantísimo ensayo de Rosario Bléfari en donde habla de su proceso creativo y cuenta, entre otras cosas, que ella trata de interpretar sus propias canciones como si las hubiera compuesto otra persona, y esta técnica le resulta un eficaz engaña-pichanga (Vishnu guarde entre sus muchos brazos a quienquiera que haya insertado esa expresión en el glosario popular) por medio del cual lograr la dinámica necesaria para interpretar un tema; dinámica distinta, frecuentemente opuesta, a la que requiere el proceso de composición.
La vitalidad es el artificio artístico que logra que un tema de tres acordes pueda ser lo mejor que le pasó a tus oídos y válgame Dios si, en ese sentido, los Shins no tienen toda la fucking onda. 
Es indudable que los integrantes de la banda (principalmente su líder, James "cara de oficinista que odia su trabajo" Mercer) tienen una capacidad innata para la interpretación, pero además se los escucha madurar artísticamente disco a disco, y con esto no me refiero al concepto snob de maduración artística equiparable al del chico que deja de leer historietas y de hacer globos de chicle para convertirse en Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris, y meterse de lleno en esa parodia deprimente de la existencia que nos quieren hacer creer que debe ser la vida adulta; no: hablo de la maduración emocional que acerca al artista, cada vez más, a la utopía de decir eso que tiene para decir y no sabe cómo, de desatar ese nudo de fuego que arde en su panza (a veces se confunde con el hambre, pero esa es otra historia) y no lo deja vivir en paz.
Confieso que tuve un momento de fanatismo durante el cual los Shins me parecían lo mejor que le había pasado a la música desde que a Adolph Rickenbacker se le ocurrió inventar la guitarra eléctrica moderna. Después se me pasó, por suerte (nadie necesita esa suerte de fanatismo en su vida), pero siguen bien arriba en el ranking de mi admiración, porque el talento con el que combinan melodías sorprendentes, letras inusuales y esa vitalidad incontenible de la que les hablaba, que le conceden, como Midas, a todo lo que tocan, no es una ocurrencia habitual en el mundo del rock.