Empecemos por el principio, como corresponde: les aviso que, como viene al caso, no voy a dejar escapar la oportunidad de citar el ya célebre: "Vo' so' contra mío", de Alfio "El Coco" Basile, para comenzar esta crónica (creo que no podría volver a mirarme en el espejo, de otro modo).
Ahora, bien, habiéndome sacado ese peso de encima, déjenme que les cuente por qué los Pixies son una banda tan jodidamente buena que, para mí, son una de las tres o cuatro (o seis, o diez, qué carajo importa, seamos buenos) bandas fundamentales de la historia del rock (y de todas esas cosas, que son prácticamente todas las cosas que nos llegan a las orejas y que mandamos, sin ninguna clase de juicio previo, al cajón rotulado como "rock", aquellos de nosotros a quienes nos da paja y nos resulta perfectamente prescindible aprendernos el abismal absurdo, si se me excusa el Lovecraftismo, de las clasificaciones y subclasificaciones de géneros musicales).
Los primeros dos (tal vez tres) discos de Pixies son impecables en un sentido zen (como diría Fabián Casas, aunque tal vez no lo diría de Pixies, no sé, no conozco mucho a Casas) porque nunca cometieron la tontería de tomarse a sí mismos en serio, como irónicamente sí sucedió con montones de bandas de los '90s que han sido profundamente influenciadas por Pixies, empezando, sin repetir y sin soplar, por Nirvana, aunque las ramificaciones alcanzan proporciones insondables.
Deben ser, junto a los Smiths, la banda más influyente (iba a poner "influencial" y me di cuenta de que tengo que dejar de leer tantas crónicas de rock en Inglés y, preferentemente, aprender a escribir en Castellano, aunque no prometo nada) de toda la década de los 80's y varias cosas los distinguen del resto de la manada (además de, como menciono aquí arriba: no creérsela), entre las cuales me gustaría destacar su virtud de anticonvencionalidad (un escritor nunca debe temer inventar palabras así que, there, fuck it, anticonvencionalidad y que les garúe finito). Me refiero a una cualidad rara y preciosa (para mí) dentro del mundo del rock, un mundo lamentablemente marcado, desde hace años, por la tendencia de sus participantes a componer sus obras artísticas en base a los requerimientos de un mercado preexistente (o a un mercado potencial). Las canciones de Pixies sorprenden. Bueno, puede ser que ahora no sorprendan a nadie, luego de que los hayan "homenajeado" (¿Ven las comillas? Es mi manera de no usar palabras como robo, por ejemplo, que no resultan del todo agradables) repetidamente, y que hayan usado su ADN para crear esa especie de Pixarro (que vendría a ser como el Bizarro de Superman, por si no se entiende la referencia) llamado "rock alternativo" (dentro del cual pueden ser inscriptas las atrocidades de Hootie And The Blowfish como las de Alanis Morisette, pasando por Matchbox 20, Gin Blossoms y los insoportables Rembrandts de la banda de sonido de la serie Friends, que en algún punto de tu pubertad te parece un temazo y luego, ya más grande, te querés matar cada vez que suena el clap-clap-clap-clap).
Puede ser que Pixies hayan tenido, al principio, una considerable libertad artística, derivada de una difusión moderada, como la banda universitaria y under que eran, pero es loable que más adelante en la carrera de la banda, y también durante las carreras de sus solistas con o sin sus bandas respectivas, se hayan mantenido fieles a... bueno, a nada; ni a su público, ni a un estilo, ni a realmente nada, lo cual los hace merecedores de mi respeto, porque no hay nada más triste que una banda que graba una y otra vez el mismo disco, con la probablemente honrosa excepción de AC/DC, aunque... en fin, no me tiren de la lengua (de la pluma).
Something against you es una canción infecciosa y subversiva. Subversiva desde el humor (que es tal vez la actividad más subversiva creada por la mente humana) y subversiva desde la locura de mezclar hardcore con ska con pop con la pelada brillante del gordo Francis, la excéntrica filipinitud (¡ja!) de Joey Santiago, el alcoholismo dandy de David Lovering y la belleza simple y apabullante de la bajista más bonita de la historia de la música (¿Kim Gordon? ¿Melissa Auf der Maur? ¡Pff!).
Déjenme confesarles (aunque dudo seriamente de la fibra moral de mis lectores y, por ende, no estoy seguro de si dicha confesión obrará, a futuro, en favor o en contra de mis credenciales, pero por desgracia no sé mentir): nunca probé la cocaína. Pero Something against you se me hace un poco como que debe ser eso, como un golpe de sangre a la cabeza que te hace rebotar contra el Universo como un pinball neuronal y te levanta, te levanta, te levanta a una altura desde la cual te dan unas ganas locas de cagar muy por encima de lo que te da el culo, y nada parece impedírtelo. Y todo esto sin secarte las fosas nasales, ni la billetera.

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