Podría empezar esta crónica diciendo que Ramble on es la mejor canción jamás escrita.
¡Ok, ok! ¡Ok!
Pero, ¿no les pasa, a veces? Algunas canciones tienen el poder de anular el resto del mundo, mientras suenan, como un viento atómico que arrastra todo el puto universo, que arrasa hasta con el más pequeño de sus pequeños átomos y se lleva todo aquello hacia las misteriosas y exóticas tierras de "not my fucking problem right now" (como leía hace unos días por ahí, en esa, justamente, vasta tierra de "not my fucking problem right now" que es Internet, excepto, naturalmente, por las campañas de concientización que salvan la vida de miles de cobayos albinos en peligro de extinción y derrocan a docenas de brutales gobiernos totalitarios, año tras año).
Lo que distingue a Ramble on, en particular, es que tiene todo lo bueno de Led Zeppelin, y nada de lo malo (eh... tal vez la letra, um, en fin... se sabe: las letras de Plant, etc, pero ya hablaré de eso, aunque brevemente, más adelante), porque es un tema construido en beneficio de sí mismo y no para que se luzcan sus ejecutantes, como suele suceder, con desafortunada frecuencia, más adelante en la carrera de Zep.
Si tuviera que hacer hincapié, de modo objetivo (claro que objetivo son los padres, así que digamos que con la menor subjetividad posible, lo cual probablemente tampoco significa demasiado y creo que perdí el hilo de este paréntesis, así que voy a cerrarlo sin demora) en un aspecto fundamental del tema, supongo que tendría que centrar mi crónica en la línea de bajo, a cargo de John Paul Jones, quien, como su tocayo de apellido: Brian, en los Stones, y como tantos otros mágicos Magos de Oz, Oz, Oz de la historia del Rock, suelen quedarse detrás de gruesas cortinas desde donde ejercer su genialidad sin distracciones, a una distancia prudencial de los egos y el carisma de los considerados líderes de la banda, cuyos movimientos cargados de sexualidad, sus hirsutos torsos blancos detrás de camisas demasiado pequeñas, sus indomables cabelleras largas y el sugestivo movimiento de los mástiles de sus guitarras emulando... bueno, no necesito aclarar qué es lo que emulan, a menudo distraen al espectador del hecho de que la línea de bajo es prácticamente el alma de una buena canción, e incluso un alma perfectamente constatable, a diferencia del alma en su acepción teológica (ese vapor volátil con forma de Gasparín, el Fantasma Amigable, en el mejor de los casos).
Sin embargo, lo que más me gusta de Ramble On, aparte del bajo impecable, es el primer solo de guitarra, que se construye en base a una melodía simple y armoniosa, sin pirotecnia, sin los pifies eruditos de Page, que están bien en otras canciones pero no acá, con una austeridad digna de George Harrison o del Hendrix de los discos (no el Hendrix endemoniado de los conciertos, obviamente); un solo que fluye naturalmente sobre el, y aquí viene otro de los puntos fuertes del tema, sobre el golpeteo delicado de la percusión de Bonzo, quien además de ser capaz de maltratar los parches con la fuerza de Thor blandiendo su martillo Mjolnir, también ha sido un percusionista con la capacidad de configurar ritmos exquisitamente delicados, con sus bruscas manos de clase trabajadora británica, al menos durante las partes del tema cuya dinámica así lo requiere.
Luego, cuando la canción se hace rock, entonces sí, Mjolnir retumba, preñado de la magia de Odín, con todo el poder del trueno, en unísono con la voz poderosa y andrógina de Plant, cargada de emoción en un rango imposible, capaz de conducirnos por las narices (como conducía al junky irredimible de Popeye el aroma de sus espinacas alucinógenas) con la maestría suficiente como para permitirnos ignorar que la letra del tema es un torpe préstamo mendigado a la pluma de J.R.R. (¿Hacen falta tantas iniciales?) Tolkien, y nos entreguemos a un viaje polirrítmico perfecto.

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