Mirate vos y mirame a mí. ¿Tan ciegos estamos? ¿O tan solo damos vuelta la cara y miramos para el otro lado?
Hay una versión maravillosa de esta canción, a cargo de Nick Cave & The Bad Seeds (que es, de hecho, la primera versión que conocí de In the ghetto y también una de las primeras canciones grabadas por el australiano con los Bad Seeds, luego de la disolución de esa intratable montaña rusa hacia el Averno que fueron los Birthday Party, su banda anterior, que fundó, a principios de los 80's, junto a otro loco de la guerra: Mick Harvey, de quien hablaremos más adelante, a menos que me olvide o que no se me de la gana, como ocurre no pocas veces).
Contra todo pronóstico, sin embargo, y a pesar de mi declarado amor por todo lo que sea Nick Cave-related (Niqueivesco, por qué no), me gusta más la versión (original) de Elvis, porque me resulta grata la posibilidad de imaginarlo joven y humilde, hundido hasta el hueso en la crudeza invernal de las rutas de los Estados Unidos, que atravesaba en el Ford de la Crown Electric Co (cuando aún no era "Elvis la Pelvis", ni el puto Rey del Rock & Roll, sino apenas el pibe de los Presley, el camionero, el que es tan churro y canta tan bonito en la iglesia), atestiguando de primera mano la pobreza del lado oscuro de los Estados Unidos, invisible para el resto del mundo detrás del fulgor plateado de Lucy, de Bogart, de Ava Gardner y de Grace Kelly; de Marilyn y Joe DiMaggio, porque es más fácil construir nuestras vidas alrededor de lo que es convencional y aceptadamente bello (tal vez lo más fácil del mundo).
In the ghetto, en cambio, cuenta la vida de un niño pobre nacido (en el ghetto, naturalmente) de una madre que, como dice la canción: lo último que necesita es otra boca hambrienta que alimentar. Ese niño crece en la calle. Ese niño se hace delincuente, roba un auto, lo atrapan y (sepan disculpar, susceptibles lectores, el spoiler) lo matan. Y así el relato concluye, no solamente con la muerte del dickensiano personaje principal sino, en simultáneo con su muerte, con el nacimiento de otro niño, en otro lugar del ghetto, llorado por otra pobre madre que piensa cómo va hacer para alimentarlo. Así la serpiente que se muerde la cola: la desigualdad de clases, que alimenta el blues, el gospel, el punk y la cumbia con igual fuerza creativa, en todas partes del mundo, y no es un invento nuevo, ni lo será dentro de cincuenta años, seguramente.
Me gusta mucho que el Elvis que interpreta In the ghetto sea el Elvis decadente del año '69, el Elvis empastillado, ebrio de su propia leyenda, rodeado de televisores, solo en Graceland, de donde solamente salía, hostigado por el olfato mercantil de su manager, el (falso) Coronel Tom Parker, para firmar algunos autógrafos, de tarde, en el portón de su casa/cárcel. Porque ese Elvis podría haberse dedicado a cantarle al amor, a las bombachas, a la llamada Basura Blanca de los trailers, que le hubieran comprado cualquier cosa, si la vendía él.
La grabación de In the ghetto en el año '69 es un gesto que hallo perfectamente maradoneano, en el más noble sentido del neologismo.
Ambos, Maradona y Presley, tuvieron vidas similares (lucha, ascenso, apogeo y decadencia) pero me refiero a que usualmente Maradona, multimillonario durante la mayor parte de su vida, aún pareciera padecer de una cierta vergüenza de clase que lo hace seguir sintiéndose pueblo, uno más de la clase oprimida.
Se me ocurre que con Elvis pasaría algo parecido y tal vez él haya sentido recaer en sus hombros (y haya aceptado, supongo que con algún orgullo) la responsabilidad de darles una voz hacia fuera de su pequeño mundo a esas personas comunes y corrientes, a quienes todos miran y nadie realmente ve.

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