27/6/13

"Visions of Johanna", Bob Dylan (Del disco: "Blonde On Blonde" - 1966).


¿No es típico de la noche, eso de hacerte ver cosas, cuando lo que vos querés es estar tranquilo?


Escuchar la guitarra y la armónica que suenan al principio de Visions of Johanna es un poco engañoso. Uno puede pensar que Dylan intenta retomar la carretera polvorienta de la protesta política en forma de canción folk, que ya estaba volviéndose más que un poco insípida para el año 1966.
Pero no. 
En seguida (¡gracias, oh, gracias, dioses de las Alturas, demonios del Abismo!), el golpe de la batería comienza a repicar hacia la derecha del oyente y Bob, sin demora, se pone a entonar el poema más hermoso que yo le conozca, enredándolo en una melodía pop probablemente robada a George Harrison. Hecho, el cual, que, aunque envuelto en una suerte de cinta de Moebius de feedback artístico, le acredita a Dylan unos cien años de perdón, en mi libro, o tal vez doscientos.
Pero decía, entonces, que Visions of Johanna es principalmente una balada pop.
Y no es que el tipo empiece a renegar de quien ha sido.
Aunque, sí, es eso.
Y tampoco es, sencillamente, que un día nuestro, pero no, no tan nuestro, suyo y de nadie más, como lo demuestra su actitud protopunk, como cuando le dice a su guitarrista que suba el puto volumen del amplificador y Pete Seeger (a veces me lo confundo con Bob Seger, da igual) se vuelve loco y corta los cables eléctricos con un hacha, porque no puede soportar ese ruido infernal que a otros nos gusta tanto, y al carajo con Pete Seeger, entonces (y con Bob Seger, ya que estamos).
Decía, disculpen el desvarío, que no es sencillamente que un día nuestro, en fin, apoderémonos de él, nuestro Bob haya salido a la calle, decidido a tomar un probablemente desvencijado ascensor en el lobby de la Torre de Canciones, que haya apretado un botón tan sucio como bendito por los dedos de santos y de borrachos (y de santos borrachos), para subir derechito hasta la puerta de Hank Williams (yo me permito sospechar que Hank aún no vivía, como habría de afirmarse luego, cien pisos por encima de la cama deshecha en donde Janis le regalaba a Leonard Cohen algunos recuerdos con los que escribir su canción más hermosa, de la cual les hablaré en otra oportunidad) para decirle, con descaro y honestamente, que él ya no está para matar fascistas con su guitarra, que ha encontrado otro fuego prometéico que lo quema más y mejor, que tal vez, sí, mucho más probablemente, ese fuego ya estuviera dentro suyo desde siempre, pero ahora lo ha dejado salir y ya nadie podrá volver a encauzarlo y será necesario dejarlo arder hasta que se apague solo.
Aunque, sí, es eso.
Pero me gustaría concentrar mi relato en el verdadero logro de Dylan, en esta canción, en este disco y en esta etapa de su carrera, que se desarrolla principalmente dentro del campo de la orfebrería de palabras. Porque Dylan siempre ha tenido una manera de hacerse prestar atención, al cantar, que es reescribir sus propios poemas con sonido, imprimiéndoles ese acontecimiento cósmico tan raro, tan inusual, al que hoy, luego de tanto tiempo transcurrido, podemos identificar, con toda autoridad, con la palabra "dylanesque" (que puede traducirse como "dylanesco" aunque prefiero endilgarle una tradución tan horrenda como innecesaria y llamarlo "dylanitud", de puro jodido que soy), pero en este disco esa manera termina de definirse en otra cosa, en algo mucho más grande y más interesante; en el hilo de Ariadna que une a todos los poetas entre sí, diría, si me permiten el lujo de armar una metáfora así de rebuscada.
Visions of Johanna tiene, para mi gusto, la frase más hermosa, no ya de este disco, ni de una canción de Dylan, ni del rock (sea lo que sea lo que con tanta ligereza de calzones llamamos rock), sino de la literatura o, mierda, ya que estoy exagerando: la frase más hermosa que haya sido dicha desde la invención del lenguaje, o gruñida, barruntada, ululada incluso antes. 
Esto lo afirmo con la autoridad que me da saber que mañana quizás opinaré otra cosa, tal vez lo opuesto. Pero esto no lo estoy escribiendo mañana (como tocaba su música el personaje del cuento de Cortázar), lo estoy escribiendo hoy mismo.
La frase es: "the ghost of electricity howls in the bones of her face", la cual traduciría como "el fantasma de la electricidad aúlla en los huesos de su rostro" y no voy a cometer la torpeza de darles mis opiniones acerca de lo que podría significar esta frase, que, por otro lado, no las tengo, no en el sentido en el que uno está convencido del significado de algo, aunque sí tengo una impresión muy clara de lo que siento al escuchar o evocar la frase, y es así como me doy cuenta de que Dylan ha triunfado como poeta, por lo menos en lo que a mí respecta, queridos lectores. 
Además de esta maravilla de once palabras, la letra entera del tema, que es más evocativa que descriptiva, puede adaptarse naturalmente al contexto que le de cada oyente, lo cual me resulta fascinante. 
Personalmente, esta canción me genera nostalgia por algunas cosas vividas y por otras cosas que no viviré nunca, por recuerdos, pero no recuerdos literales de acciones pasadas o potenciales de mi vida, sino por estados de ánimo que recuerdo hacia mi atrás y hacia mis inverosímiles tal-veces de mañana. 
Y me habla a mí, desde mí mismo, con mis palabras, como suele suceder con las canciones de Bob de esta época. 
Me cuenta del insomnio de las noches de insomnio y de cómo el mundo transcurre en una sucesión de movimientos hermosos y terribles y perfectamente justos (de justeza y de justicia), que son, a todas luces, inapelables y que están muy, muy lejos de nosotros, aunque podamos observarlos a través de ciertas ventanas de canción que abren las lenguas de los trovadores para nuestro beneficio.

26/6/13

"Moonlight Mile", The Rolling Stones (Del disco: "Sticky Fingers" - 1971).


Y es solamente otro extraño, extraño día en la ruta.

Moonlight Mile by The Rolling Stones on Grooveshark



La música comienza a suceder, a desenhebrarse con cuidado, delicadamente, como el aroma de una comida a medio cocer que despierta el apetito del oyente/comensal, pero no necesariamente a través de la gula, sino generando esa suerte de sutil anticipación que excita las papilas de un modo más sugerente que contundente. 
Desde el mero principio, Mick saca a pasear su voz por toda la amplitud de su rango vocal, pero sin alarmas (ni sorpresas) conduciéndonos por una historia, apenas velada, de drogas, soledad y desolación (no importa que no sepamos acerca de estas cosas de primera mano, porque podemos sentir empatía, que para eso está el arte), con una habilidad que sabemos artificial y que de cualquier modo termina resultando irresistible, como el tácito arnés de música que conducía a los roedores a través de la ciudad de Hamelin. 
Entonces sucede ese piano maravilloso. Es como una fruta robada del mejor árbol del jardín de Nick Drake, pero por supuesto que esa fruta no tiene nada que hacer en ese living lleno de botellas de vodka vacías, colillas de cigarrillos a medio consumir y ropa interior de encaje tirada por ahí, que son los Stones de los 70's, y eso es lo más maravilloso de todo. Ese piano, entonces, esa gema desubicada se va entretejiendo con precisión quirúrgica entre ciertos nervios que ni siquiera sabíamos que teníamos ahí para apoderarse definitivamente de nosotros e inscribirnos dentro de la canción, de donde no podremos salir, ni querremos hacerlo. 
Y luego el crescendo, un abrazo extendido, pero que no toca, que no alcanza, que no llega. Que se queda a una milla lunar de su destino. 
La imagen de la "milla lunar" es ambigua. Tal vez se refiera a una línea de cocaína o tal vez, literalmente, a caminar una milla debajo de la luna. Como sea, resulta ser una alegoría terriblemente poderosa. Alegoría de lo que fuere (es lo de menos).
Para cuando la canción alcanza su segundo estribillo, puede suceder que el oyente/comensal se halle a sí mismo en el centro de un problema existencial y le resulte inconcebiblemente injusta la idea de que algo tan hermoso pueda llegar a terminarse; semejante prospecto de caducidad, semejante imposición arbitraria que las leyes de la cuarta dimensión ejercen sobre nosotros, sobre el improbable estado de gracia que hemos alcanzado. Si no les sucede eso, puede que tengan que ir a ver a un doctor (Robert), a un sicólogo o a un shamán, para solucionarlo.
Pero es discutible que la canción termine, porque ya ha sido tendido el puente del chi y ha sido derogado todo límite entre ella y nosotros. Porque es una canción que tampoco comienza, sino que allí está sucediendo siempre, desde el origen de todas las cosas, inapelable, omnipresente, como las incontables moléculas de hidrógeno que existen debajo de lo que se ve.