La música comienza a suceder, a desenhebrarse con cuidado, delicadamente, como el aroma de una comida a medio cocer que despierta el apetito del oyente/comensal, pero no necesariamente a través de la gula, sino generando esa suerte de sutil anticipación que excita las papilas de un modo más sugerente que contundente.
Desde el mero principio, Mick saca a pasear su voz por toda la amplitud de su rango vocal, pero sin alarmas (ni sorpresas) conduciéndonos por una historia, apenas velada, de drogas, soledad y desolación (no importa que no sepamos acerca de estas cosas de primera mano, porque podemos sentir empatía, que para eso está el arte), con una habilidad que sabemos artificial y que de cualquier modo termina resultando irresistible, como el tácito arnés de música que conducía a los roedores a través de la ciudad de Hamelin.
Entonces sucede ese piano maravilloso. Es como una fruta robada del mejor árbol del jardín de Nick Drake, pero por supuesto que esa fruta no tiene nada que hacer en ese living lleno de botellas de vodka vacías, colillas de cigarrillos a medio consumir y ropa interior de encaje tirada por ahí, que son los Stones de los 70's, y eso es lo más maravilloso de todo. Ese piano, entonces, esa gema desubicada se va entretejiendo con precisión quirúrgica entre ciertos nervios que ni siquiera sabíamos que teníamos ahí para apoderarse definitivamente de nosotros e inscribirnos dentro de la canción, de donde no podremos salir, ni querremos hacerlo.
Y luego el crescendo, un abrazo extendido, pero que no toca, que no alcanza, que no llega. Que se queda a una milla lunar de su destino.
La imagen de la "milla lunar" es ambigua. Tal vez se refiera a una línea de cocaína o tal vez, literalmente, a caminar una milla debajo de la luna. Como sea, resulta ser una alegoría terriblemente poderosa. Alegoría de lo que fuere (es lo de menos).
Para cuando la canción alcanza su segundo estribillo, puede suceder que el oyente/comensal se halle a sí mismo en el centro de un problema existencial y le resulte inconcebiblemente injusta la idea de que algo tan hermoso pueda llegar a terminarse; semejante prospecto de caducidad, semejante imposición arbitraria que las leyes de la cuarta dimensión ejercen sobre nosotros, sobre el improbable estado de gracia que hemos alcanzado. Si no les sucede eso, puede que tengan que ir a ver a un doctor (Robert), a un sicólogo o a un shamán, para solucionarlo.
Pero es discutible que la canción termine, porque ya ha sido tendido el puente del chi y ha sido derogado todo límite entre ella y nosotros. Porque es una canción que tampoco comienza, sino que allí está sucediendo siempre, desde el origen de todas las cosas, inapelable, omnipresente, como las incontables moléculas de hidrógeno que existen debajo de lo que se ve.

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