Vos no sos hierba buena. Dios mío, si ni las vacas te masticarían.
Imaginen que entran a una habitación desconocida, en una casa desconocida (no hace falta que sea Memphis, Tennessee, pero ayuda si hace calor y zumban mosquitos, si el lugar está un poco desolado y huele a kerosene o a lavandina, con un toque de Old Spice, porque el estilo es lo último que se pierde). En esa habitación se encuentran con un hombre viejo, con aspecto de haberse gastado de tanto vivir, un verdadero Abuelo de la Nada, quien, sentado en una silla con el respaldo al revés y con la voz áspera de noches robadas al (y por el) whiskey, empieza a relatar una historia que no es un chiste, no, y no tiene remate ni tiene moraleja. Es la historia de una chica de mala reputación que todavía tiene una chance de redimirse, pero podría ser cualquier otra historia. El viejo habla pausadamente. El tiempo mismo, esa sustancia líquida y escurridiza, parece pertenecerle. Desenreda el relato con precisión, como si conociera los hechos de primera mano, como si él mismo hubiera estado ahí para atestiguarlo todo, y es difícil saber si miente o si dice la verdad, aunque hay algo ambiguo en su manera de gesticular, algo que provoca la sensación de que la historia no conduce a ninguna parte, que es solamente una excusa para que suceda el sonido sobre el cual va montada, que su único objeto es el de no perecer y seguir repitiéndose, siendo repetida, con urgencia animal, como esas películas cortas que proyectan en las exhibiciones de los museos y que al terminar recomienzan de inmediato, como cintas de Moebius digitales (cuánto más romántico y pertinente sería hablar de celuloide, pero el progreso no se detiene a esperar a nadie, menos a nosotros) doblándose y desdoblándose sobre sí mismas.
Eso es el blues, con sus tres tonos básicos que son como los protones, neutrones y electrones de la mayoría de la música que escuchamos hoy.
Pero en Sadie Mae, además... además está el sonido de la guitarra, un fenómeno anacrónico, secuestrada desde otro tiempo, a los primeros bluesmen, como a mitad de camino entre el ruido y la música, sonando más como los últimos estertores de un animal extraño y moribundo, que como un instrumento musical.
Me llevó bastante tiempo entender que amo el sonido de esa guitarra, no a pesar de estar levemente, o terriblemente (es difícil estar seguro) desafinada, sino precisamente porque esa desafinación representa la identidad individual de la obra y define su estética del modo más conciso y exacto posible.
Pero en Sadie Mae, además... además está el sonido de la guitarra, un fenómeno anacrónico, secuestrada desde otro tiempo, a los primeros bluesmen, como a mitad de camino entre el ruido y la música, sonando más como los últimos estertores de un animal extraño y moribundo, que como un instrumento musical.
Me llevó bastante tiempo entender que amo el sonido de esa guitarra, no a pesar de estar levemente, o terriblemente (es difícil estar seguro) desafinada, sino precisamente porque esa desafinación representa la identidad individual de la obra y define su estética del modo más conciso y exacto posible.

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