Voy a empezar esta crónica diciendo, y ustedes decidan si me creen o no, que la noción de élite cultural me resulta desagradable.
Me resulta desagradable por las razones usuales, porque quién me creo que soy, porque de qué me la doy y a quién le gané, pero también porque, en un punto, sería hipócrita si no me reconociera su víctima, de tanto en tanto.
Escuchar los discos de Television me provoca, como le provocará a tantos otros aficionados a su música, ese sentimiento ambiguo, a un tiempo placentero y culposo; el placer de creer ser capaz, por arte de magia, quién sabe, o por alguna bendición metafísica o genética, de disfrutar de alguna cosa que presupongo que muy poca otra gente sabría disfrutar tanto como la disfruto yo.
Es una idea estúpida e infundada, pero negar que me sucede, sin embargo, sería de muy mal gusto y, como les decía, indudablemente hipócrita.
Pero (pero) también es verdad que eso sucede, no solamente por virtud de mis defectos (¿Me mandé un Arjonismo, ahí? ¡Mátenme!), sino también porque Television es, de hecho, una pieza musical difícil de catalogar (difícil de ponerle el dedo encima, como dicen--en su idioma, como es natural--los angloparlantes); es el producto de la suma improbable de unas cuantas guitarras afiladas y montones de estribillos gancheros y una poesía extraña, cautivante, en la voz de un tipo que canta como Patti Smith (¡pero es un tipo, no es Patti Smith!); un híbrido casi mitológico entre la actitud punk o post-punk o casi-post punk y la habilidad de unos músicos que, mirá vos, además pueden tocar sus instrumentos y lo hacen notablemente bien. Y no es que haga falta catalogar, ni explicar nada, en realidad. La música sucede para ser escuchada, y con eso sobra. Pero es interesante notar cómo, desde una distancia prudencial, el disco se siente perfectamente sólido, dotado de la tangibilidad arquetípica de una banda de rock, pero (y ésto es lo mejor) desde cerca se ven (se escuchan) ciertas superposiciones imposibles entre los elementos autónomos que conforman el todo, los cuales están unidos por una vitalidad cohesiva extravagante y por una innegable lujuria por vivir (como diría Iggy Pop), pero también por una melancolía pesada como collar de sandías (como diría, no Iggy Pop, sino mi viejo) que, al menos eso escucho yo, impregna la obra de cabo a rabo.
Es como la melancolía de haber recibido más información que la que uno realmente necesitaba y no saber qué hacer con ella.
Marquee Moon me hace pensar en esas comidas que difícilmente puedan gustarle a una persona la primera vez que las prueba; que necesitan de la reiteración para terminar de brindar toda la gama de sabores que ofrecen al paladar paciente. Diría que, a diferencia de la ubicua hamburguesa con fritas que serían, por ejemplo, los Ramones, Television es un plato elaborado con alguna carne exótica, ciertas verduras frescas de estación y una salsa condimentada con especias inusuales, no sé, pongámosle que cúrcuma, gengibre y un toque de fruta y un buen vino para darle espíritu.
Y no me malentiendan: puedo comer hamburguesas y escuchar a los Ramones 360 días al año.
Sin embargo, los cinco días restantes (o seis, en bisiesto), serían difíciles de tolerar sin bandas como Television, sin discos (y canciones) como Marquee Moon.

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