La música de Nick Drake es como una versión sonora de los cuadros de van Gogh, en mi mente: un arte de trazos brutalmente desnudos, como puñaladas, que le devuelven a tus ojos una imagen de vos mismo, pero no como te ves siempre, ni como te ven los demás, sino como sos debajo del artificio de animal social que se ha ido adhiriendo a tu persona a lo largo de tu vida: la visión nublada de un mundo que existe más allá de la carne y de los tendones y de los desengaños amorosos, pero al que puede que no tengas más acceso que, sólo a veces, a través de dichas visiones breves y epifánicas.
Por eso prefiero la versión de Fly del disco de rarezas y grabaciones encontradas: Time of no reply, a la versión incluida en el disco Bryter Layter, porque ésta última es un poco más barroca (más Rembrandt, digamos), puede que por vicio de cierta predilección natural de algunos músicos y productores, que los compele a poner arreglos de cuerdas en una canción que ya es perfecta sin ellos, lo cual usualmente y no obstante algunas excepciones razonables, resulta en bigotes de fibrón en la cara de Gioconda.
Acerca de Nick Drake, de su música y de su vida; una: bella y algo trágica, la otra: simplemente trágica, ya se ha hablado de sobra.
Lo que a mí, personalmente, me resulta fascinante acerca de él, es cierta dualidad que emerge al analizar su obra y su biografía.
Por un lado, allí estaba Nick Drake en sus recitales: alto, desgarbado y un poco torpe; se pasaba demasiado tiempo cambiando la afinación de su guitarra entre tema y tema, eso lo ponía nervioso, y todo ese aquelarre logístico terminaba diluyéndolo como una ola que no alcanza nunca la costa de un público demasiado ocupado hablando de la onda groovy (shag-a-delic!) de sus revolucionarios (sí, claro) años 60's, como para reservarle el menor atisbo de paciencia.
A pesar de su gran atractivo físico y de su talento, ese músico no pudo lograr en vida el reconocimiento, como tal, que sí lograron muchos otros músicos decididamente menos talentosos que él, pero con departamentos de marketing más eficientes y la capacidad bovina de no salirse de los cánones establecidos por la moda del momento.
Por otro lado, sin embargo, y aunque suene contradictorio, el Nick Drake de los discos es un artista sin grietas, ni vacilaciones; un performer refinado, no en el sentido de exclusividad burguesa que suele darse a dicha palabra para describir a un artista de pseudo-elite, sino en el sentido de haber logrado un grado de sintonía fina consigo mismo, tal que su música es expresada con una claridad abrumadora, con una simpleza que me recuerda a uno de los proverbios del Infierno de William Blake, que dice más o menos que no hay forma de decir la Verdad de tal modo que sea comprendida, sin ser creída.
Eso es, muy probablemente, lo que ha logrado Nick Drake por medio de su música: la consolidación de una Verdad en mayúsculas e inusualmente cristalina; una Verdad que, por desgracia, terminaría aplastándolo bajo su irremediable peso de roca de Sísifo, pero que también le dejaría al mundo el legado de una discografía tan austera como maravillosa.

Bello post. Coincido plenamente con tus palabras. Siempre me resulta interesante saber qué le pasa a las personas cuando lo escuchan por primera vez.
ResponderEliminarabrazos desde la lluvia,
Kika
¡Abrazo para vos y gracias por leer, Kika!
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