Pero vas a descubrir que esas voces que permanecen no son más que tu ego, tratando de dejarlo todo limpio y ordenado.
La música, a pesar de lo que diga el diccionario, no es solamente el arte de combinar los sonidos.
O sí, bueno, supongamos que lo es (tampoco corresponde que uno se haga el pistola contradiciendo al diccionario), pero la "música" (como concepto puro y duro) no es exactamente lo que uno entiende por "música" (como concepto intangible y subjetivo).
Lo que llamamos música es más bien una suerte de collage que contiene mayormente sonidos, sí, pero que también está compuesto de muchas otras partes dinámicas, las cuales necesitan cierto agente de cohesión (que las una como una Bo-po-li-pi-go-po-ma-pa, por qué no) para no dispersarse. Ese agente, que tiene todo que ver con la interpretación y guarda una relación menor con el proceso compositivo, puede ser llamado vitalidad (y con "puede ser llamado" quiero decir que yo lo llamo vitalidad, porque me sale de los huevos).
Al respecto, hace poco leía (en el libro: "10 discos del Rock nacional presentados por 10 escritores", compilado por D. Esteras y E. Fanego) un interesantísimo ensayo de Rosario Bléfari en donde habla de su proceso creativo y cuenta, entre otras cosas, que ella trata de interpretar sus propias canciones como si las hubiera compuesto otra persona, y esta técnica le resulta un eficaz engaña-pichanga (Vishnu guarde entre sus muchos brazos a quienquiera que haya insertado esa expresión en el glosario popular) por medio del cual lograr la dinámica necesaria para interpretar un tema; dinámica distinta, frecuentemente opuesta, a la que requiere el proceso de composición.
La vitalidad es el artificio artístico que logra que un tema de tres acordes pueda ser lo mejor que le pasó a tus oídos y válgame Dios si, en ese sentido, los Shins no tienen toda la fucking onda.
Es indudable que los integrantes de la banda (principalmente su líder, James "cara de oficinista que odia su trabajo" Mercer) tienen una capacidad innata para la interpretación, pero además se los escucha madurar artísticamente disco a disco, y con esto no me refiero al concepto snob de maduración artística equiparable al del chico que deja de leer historietas y de hacer globos de chicle para convertirse en Natalio Ruiz, el hombrecito del sombrero gris, y meterse de lleno en esa parodia deprimente de la existencia que nos quieren hacer creer que debe ser la vida adulta; no: hablo de la maduración emocional que acerca al artista, cada vez más, a la utopía de decir eso que tiene para decir y no sabe cómo, de desatar ese nudo de fuego que arde en su panza (a veces se confunde con el hambre, pero esa es otra historia) y no lo deja vivir en paz.
Confieso que tuve un momento de fanatismo durante el cual los Shins me parecían lo mejor que le había pasado a la música desde que a Adolph Rickenbacker se le ocurrió inventar la guitarra eléctrica moderna. Después se me pasó, por suerte (nadie necesita esa suerte de fanatismo en su vida), pero siguen bien arriba en el ranking de mi admiración, porque el talento con el que combinan melodías sorprendentes, letras inusuales y esa vitalidad incontenible de la que les hablaba, que le conceden, como Midas, a todo lo que tocan, no es una ocurrencia habitual en el mundo del rock.

Habida cuenta de la inserción de "engaña-pichanga", déjeme mencionar la no menos brillante "engañifa". Muy bueno como siempre, a ver si pueden poner una de Pancho y La Sonora Colorada, saludos, Hilda de González Catán.
ResponderEliminarComo dice Paul Stanley "Todo el mundo tiene una razón de vivir, pero no puede ser tu amor". Bueno, mi razón de vivir, de ahora en más, va a ser escribir un artículo que incluya la palabra engañifa. Con amor, Niñita.
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