Hijo autoadoptado de Rimbaud, Nick Hornby y Lester Bangs: ¿Qué piensa el autor de las canciones que escucha? Aquí lo escribe.
17/9/13
"Your daddy's car", The Divine Comedy (Del disco: "Liberation" - 1993).
¿Sentís la tristeza de nuestro amor? Es la única clase de amor que merecemos.
Hubo un efímero momento de reconocimiento para The Divine Comedy, el proyecto musical de Neil Hannon, allá por el año 1998, cuando el tema National Express sonaba bastante seguido en la rotación de las radios de rock (¡Ah, aquellos viejos tiempos, cuando los intesticios que quedaban entre publicidad y publicidad eran lo suficientemente largos como para que las radios comerciales aún pasaran algo de música!). No obstante, y sin, por ello, dejar de ser una gran canción, National Express, en su condición de canción pop, upbeat (me cuesta la traducción de esta palabra, no tanto por precariedad de mi Inglés, sino porque me rehúso a usar palabras como "animada", "alegre" u "optimista", que ni siquiera empiezan a acercarse a todas las posibles connotaciones de "upbeat"), pegadiza (en un punto, cercana, musical y cronológicamente, a la época Parklife/Great Escape de Blur, que tanto terminó por odiar el propio Graham Coxon y que seguramente ya odiaría Neil Hannon en ese momento, mientras sucedía), es probablemente una de las canciones menos representativas de la fértil carrera discográfica del norirlandés, que oscila entre la épica Wagneriana de los primeros discos de Scott Walker (a los que el Flaco Duque Blanco les sacó casi tanto jugo como el mismo Walker le había sacado a la música de Jacques Brel, también en sus comienzos); las baladas con instrumentación clásica, herederas de Bach y de George Martin, como casi todo el resto de la música popular del siglo XX; y la música de vaudeville, descendiente directa del estilo de Kurt Weil y Bertolt Brecht, entre otros, que es el medio perfecto para ejercer la parodia, uno de los recursos literarios favoritos de Hannon.
Your daddy's car, en particular, pertenece al género de baladas con instrumentación clásica y es un tema que bien podría haber sido compuesto por el mejor McCartney, en la mejor época de los Beatles, si McCartney hubiera podido dejar de lado, aunque fuera momentáneamente, su disfraz de hippie políticamente correcto y edulcorante y hubiera cometido, acaso, el desliz de escribir una letra tan melancólica, tan bellamente decadente, como sacada de un libro de Fitzgerald o, mejor, como extrapolada directamente de las vidas del mismo F. Scott y de su querida Zelda, robando un auto y poniéndoselo de sombrero porque sí, porque no tienen nada mejor que hacer, porque el amor que brota de sus locos corazones es un amor triste y no merecen una clase mejor de amor.
Por supuesto, la canción se burla del aburrimiento de la burguesía, en vez de glorificarlo, pero en todo caso es justo admitir que también las historias acerca de la clase alta pueden ser interesantes, si están bien contadas. Podría remitirme a la viejísima discusión acerca de si el arte tiene la obligación moral de ser político y si el artista tiene una responsabilidad como comunicador social, o si, en realidad, su incursión en dichos terrenos es extranjera y forzada, si la única preocupación del artista es que su arte sea vital, sólo en virtud de sus valores estéticos.
La dicotomía entre ambas modalidades es absurda, pienso, porque el arte es una entidad sin forma alguna (como el proverbial bloque de granito que adentro contiene todas las estatuas del mundo) y es capaz de convertirse en lo que fuere que quien se expone a su influencia necesita obtener de él, a su propio riesgo, como bien ha dicho aquél otro irlandés, aunque del Sur, Mr. Oscar Wilde (seguramente otra de las influencias de Hannon) en su prefacio a El Retrato de Dorian Grey.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

"Upbeat" podría traducirse, en un esfuerzo digno de escriba de Anagrama, como marchosa. Por lo menos así lo veo yo.
ResponderEliminarYo vengo de una generación para la cual "marchoso" aplica a DJ DERO, un suponer (?).
ResponderEliminar